lunes, octubre 27, 2014

CONTRASTE

La enfermera S.: la única que se ha presentado con su nombre en los días que llevamos aquí. Fiado a su simpatía, acudo a su mostrador para que me cuente algunos pormenores que no tengo del todo claros. Tiene una sonrisa ingenua, bonita, algo quebradiza, como si fuera el resultado de un precario triunfo del optimismo de la voluntad sobre el realismo de la razón. La oigo hablar y pienso que, después de todo, no estamos en malas manos. No sé por qué, al dirigirme a ella me sale una cortesía antigua. La llamo "señorita". Y me da la impresión de que a ella le hace gracia.

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El esperpento político nacional, en su versión televisiva: mi rutina discontinua de estos días anómalos me impide sentarme a ver tranquilamente un buen documental en la sobremesa o una película después de cenar, que es a lo que se reduce mi uso del monitor de televisión, así que, en los breves intervalos en los que consumo una comida apresurada ante el aparato, me conformo con esa apariencia de relevancia que ingenuamente asocio todavía a los programas informativos o de opinión; lo que, en la práctica, redunda en que casi siempre, para evitar anuncios o series infumables, recale en una emisora que se caracteriza por emitir todo el día programas de debate político y, digamos, crítica social. Llama la atención la crudeza con la que son presentadas las tristes lacras de nuestra vida pública: a los corruptos y a los conniventes con éstos -que vienen a suponer un porcentaje bastante considerable de nuestra clase política- se les tacha sin más de ladrones; las complicadas tramas en las que éstos se organizan son denunciadas como auténticas conspiraciones criminales de altos vuelos; y nuestro sistema político en general queda caracterizado como un desvergonzado tinglado que apenas cumple los requisitos mínimos de una democracia representativa. Y lo curioso es que esta especie de tribunal popular permanente ejerce sobre muchos espectadores -y también sobre mí, para qué negarlo- una especie de efecto hipnótico. Tal vez, porque no estamos acostumbrados todavía a que se digan ciertas cosas tan a las claras; o tal vez porque el diagnóstico general casa bien con nuestro bien fundado pesimismo. Sin embargo... No es que tenga uno nada que oponer a este descarnado ejercicio de libertad de expresión, pero dudo mucho de su efectividad. Porque, si de verdad este mensaje apocalíptico calara en la ciudadanía, hace ya meses que nos hubiésemos lanzado a las calles a jugarnos el todo por el todo con tal de poner fin a las situaciones denunciadas. Pero no: más bien nos conformamos con el sucedáneo que supone asistir a esta cínica exhibición de vergüenzas, que recuerda, por el tono, a las que tienen lugar en los programas de cotilleos. Tal vez el problema sea que el medio televisivo contagia su banalidad a todo lo que toca; y si, en otros tiempos, un periódico o un libro fueron capaces de iniciar revoluciones, hoy basta poner una cámara ante los presuntos incitadores a la rebelión ciudadana para que éstos acaben pareciendo tan inocuos como las locutoras de un programa "del corazón".

Cómo echo de menos mis películas.

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Proyectos más o menos aparcados o ralentizados: la corrección de pruebas de mi libro sobre Poe, la colección de poemas en prosa y acuarelas que ando trabajando con el pintor J.A.M., las inminentes presentaciones de un libro de poemas que está ya en imprenta... El extraño contraste entre estos afanes y los inapelables dictados de la realidad.  

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