viernes, octubre 24, 2014

DÍAS DE HOSPITAL


Es difícil escribir sobre hospitales: se empieza queriendo ser Thomas Mann y se acaba en un tremendismo que no casaría mal con ciertos elementos de la ciencia ficción distópica -algo a caballo, en fin, entre Cela y Huxley, con algún toque de cómic siniestro-.

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En los hospitales no es que se respire irrealidad: es que termina uno preguntándose si la realidad no será eso; y todo lo demás -el aire libre, la gente que va a trabajar, las calles bulliciosas- una minuciosa fantasía irrealizable.

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En los hospitales a todos nos hablan de tú.

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En los hospitales uno termina acatando la autoridad de todo el que lleva una bata con membrete; incluso la de las limpiadoras.  

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La luz de los hospitales siempre es la de un país con restricciones eléctricas permanentes.

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Lo leído en un hospital permanece siempre en la memoria como parte de los recuerdos de la estancia de uno allí. Y rara vez vuelve uno sobre esos libros, como si se les hubiera pegado algo. 

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Acompañar a un enfermo es hacer una especie curso intensivo sobre el dolor, que nunca cualifica del todo para pasar un hipotético examen sobre la materia, pero proporciona un amplio conocimiento de la casuística pertinente.

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Incluso en una democracia laica, no estaría de más que en los hospitales se habilitara un lugar para rezar... oraciones laicas, por ejemplo.

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El enfermo reciente siempre se siente víctima de una broma pesada; el crónico, de una fatalidad; el agotado, de su biografía.

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Cuando los médicos te preguntan por las enfermedades de tus parientes, es como si encendieran una vela en el altar del determinismo.

3 comentarios:

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

Has estado ingresado?
Las apreciaciones son correctas. Las comparto. Da para abrir un blog entero.
No lo hagas.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

No lo haré, descuida. Y no, no he estado ingresado, sino de acompañante. Y sigo.

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

Ok. Espero que nada grave. Un abrazo