lunes, octubre 06, 2014

RISTRAS

Mientras leo en un banco público, a la sombra de un olivo sin podar que casi invade con su fronda el espacio disponible, un gallo surgido de la parcela de detrás se encarama al árbol y cloquea en un inconfundible tono de indignación, como molesto por la presencia del extraño sentado a sus pies. Luego salta del árbol, rodea el banco y se pierde entre los hierbajos de otra parcela, para reaparecer orgullosamente, después de haber dado toda la vuelta, en la acera opuesta. Sin duda se ha escapado de su gallinero. Temo que lo atropelle un coche, o que tenga un mal encuentro con alguno de los gatos cimarrones que abundan por los alrededores. Pero no. Prosigue su marcha majestuosa, con movimientos de juguete mecánico, hasta que lo pierdo de vista definitivamente. Se ve que venía a pegar la hebra, como hacen a veces los viejos que se me acercan en la plaza. Y que le debo de haber parecido un estirado.


***

Pasamos la tarde ayudando a este amigo a enristrar pimientos. Baroja empleaba el verbo "enjaretar" para referirse a la habilidad de engarzar palabras en un escrito. Y algo de eso hay en esta manera nuestra, improvisada y sin método, de atar ñoras por el rabo.

1 comentario:

Carlos Morales / El Toro de Barro dijo...

Nunca había advertido el lado "majestuoso" del andar de un gallo. ¡Eres la leche!...