miércoles, octubre 01, 2014

ROMÁNTICO

Fue una disentería lo que llevó a Coleridge a tomar la dosis de opio que le deparó, en sueños, el poema "Kubla Khan", y con él su obsesión de por vida con la naturaleza de la creación poética y la Imaginación, esa potencia cuasi-divina por la que "la mente finita repite el eterno acto de creación del Yo-Soy infinito". Pequeñas causas -un penoso desarreglo digestivo, en este caso- producen a veces grandes efectos. Lo que, bien mirado, no es tan extraño: nunca vuela la mente tan alto como cuando se espanta de estar sujeta a ciertas penalidades del cuerpo.

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Puede que todo el Romanticismo, en fin, no fuera más que el fruto de un empacho. 

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Pensar, por ejemplo, que, cuando nos admiramos o espantamos de las extravagancias en las que incurre cualquier cantante de rock, estamos siguiendo la estela del culto a Byron; o que nuestras melancolías de adolescente -que son también las del adulto inmaduro- son las del joven Werther; o que nuestra fascinación por el talento precozmente malogrado es la que sintió Shelley ante la muerte de Keats... Somos románticos incluso a nuestro pesar. Y lo somos, sobre todo, cuando incurrimos en llamativas protestas de ser todo lo contrario.

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