jueves, noviembre 27, 2014

EN PRUEBAS

Si algo ha aprendido uno de la informática, que todo el mundo usa más o menos temerariamente, es a respetar la labor de los antiguos maestros impresores y la de sus sucesores, los que tratan de conferir dignidad a los textos mediante el uso de la moderna tecnología. Un procesador de textos corriente se limita a poner la palabras una tras otra, y no tiene en cuenta que, para que la página ofrezca a la vista una trama uniforme sobre la que pasear, éstas han de ser cortadas -pero no de cualquier manera-, comprimidas o alargadas -pero sin que se note-, obligadas a disponerse sin que queden entre ellas molestas alineaciones que se traduzcan en "calles" que cuartean el texto, y forzadas a cuadrar en el espacio disponible para que ninguna quede "viuda" o "huérfana" -es decir, que no quede a principio de página nueva una palabra o fragmento de línea que cierre un párrafo anterior, o a final de página el comienzo de un párrafo que se continúa en la siguiente... Todo eso exige una extenuante labor de retoques, que puede resultar a llegar obsesiva si, por el motivo que sea, el texto en cuestión es complicado de manipular y cada retoque necesariamente redunda en nuevos problemas que resolver. A veces pasa. Y entonces es cuando uno se da cuenta de la condición precaria del texto, su carácter movedizo, su proclividad a convertirse en una masa informe que apenas mantiene su firmeza a fuerza de parches y remiendos. El milagro es que éste, finalmente, aparezca ante los ojos del lector en toda su prodigiosa trabazón, sin que esa pugna previa se note. (Estoy corrigiendo pruebas otra vez: cruzo los dedos.)  

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