lunes, noviembre 10, 2014

FLORES EN LA BASURA

En el mercadillo de libros, ante la amenaza de lluvia: "Habrá que recogerlo todo y salir pitando", dice uno de los vendedores. "Pues yo no  pienso correr", dice otro. "Si se mojan, los tiro. Como no me han costado nada, me da igual". Y entiende uno la verdadera condición de los libros desahuciados -miro con tristeza los títulos, algunos de ellos muy queridos para mí, y todos especímenes abundantes en estos puestos: La casa de Lúculo o el arte de comer, de Camba; Historias extraordinarias de Edgar Allan Poe; Marianela de Galdós-: flores en la basura, sí, pero basura al fin y al cabo.


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Me llama la atención la proliferación de ventanas abiertas en los bloques de viviendas que rodean el hospital; como si quienes viven en ellas no tuvieran el menor reparo en exponer sus interioridades ante quienes, al fin y al cabo, también han renunciado ya a toda pretensión de intimidad e incluso de individualidad y no son más que materia paciente, sometida a la jurisdicción de los encargados de aliviar sus padecimientos. Y quién se cela de mostrarse desnudo ante quien exhibe la más extrema de las desnudeces, la dependencia absoluta de otros.


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La  máscara de la muerte roja de Roger Corman: la mejor, quizá, de todas sus adaptaciones y refundiciones de los cuentos de Poe. En ésta, por encima de todos los parches y añadidos, destaca la coherencia del conjunto: una especie de aterradora danza infernal, colorista y barroca hasta el delirio, de la que no cabe esperar otro desenlace que la muerte. La veo entre adolescentes. Y me asombra que éstos, en vez de reírse abiertamente de todas estas truculencias algo anticuadas, permanezcan callados, como a la expectativa de algo que quizá imaginan incluso mucho más terrible que lo que la película se atreve a mostrar. Y ésa es la esencia del mundo de Poe: la sospecha de que es sólo un primer atisbo de algo que nos sobrepasa. 

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