martes, noviembre 25, 2014

PORTLAND ROAD

Veo un hermoso y descorazonador documental de la BBC perteneciente a una serie sobre la historia de las calles de Londres: éste trata en concreto de Portland Road, en el muy literario barrio de Notting Hill. El documental explica cómo la calle surgió durante el boom inmobiliario que conoció la ciudad a mediados de siglo diecinueve; y cómo, al no venderse las casas por lo que los promotores esperaban obtener, la calle de vio pronto invadida por alquilados y realquilados de escaso poder económico que convirtieron lo que en principio estaba destinado a convertirse en un barrio de clase media en una de las zonas más miserables y degradadas de Londres. Ya entrado el siglo veinte, las primeras promociones de viviendas sociales alentadas por las autoridades municipales lograron la descongestión del tramo sur de la calle, el más cercano al centro, y animaron a muchas familias de clase media a mudarse a la zona, mientras que las más pobres volvían a hacinarse en los bloques de reciente construcción que se alzaban al otro extremo. La división en dos zonas no ha hecho más que acentuarse, y hoy la calle Portland exhibe la curiosa distinción de contar con un sector que es una de las zonas residenciales más caras de Londres y otro que es una de sus áreas más deprimidas y peligrosas. Naturalmente, los vecinos de una y otra zona jamás se mezclan. Y se da el caso de que los vándalos que engendra la zona pobre tampoco cruzan nunca la línea invisible que los separa de la rica, y ejecutan sus gamberradas contra sus propias fachadas y viviendas, por esa curiosa querencia que la incultura y la pobreza tienen a multiplicar sus males en perjuicio propio. Sucede en nuestras ciudades, como evidencia el lastimoso estado de barrios enteros; y no es de extrañar que también suceda en pleno centro de Londres.

De todos los determinismos a los que vivimos sujetos, sin duda el social es el más triste. En vano llega uno pensar que, aupado en la educación y el trabajo, puede llegar a salir del círculo más o menos estrecho al que lo condena su nacimiento. Más de una vez he experimentado esa sensación: la de que, cuando el azar te coloca en ambientes que no son los tuyos, siempre hay detalles en uno que delatan al impostor. Lo siente uno incluso en determinados ambientes literarios en los que teóricamente sólo cuenta la cultura que se tiene, y no la calle o el barrio donde uno se ha criado. No hay escapatoria. Y este melancólico documental ha venido a recordármelo.  

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