lunes, noviembre 24, 2014

PROFESIONALES

Nuestra alegría -la de M.A. sobre todo, que fue una de las promotoras y redactoras de ese periódico- al saber que El Independiente ha recibido el Premio Andalucía de Periodismo por su brillante suplemento dominical. La pregunta es: si era tan bueno -y de eso no nos cabe la menor duda-, ¿por qué duró tan poco? Y eso me lleva a pensar, ay, en tantas, tantísimas cosas que se agostan cuando crecen en un medio estéril. En tantas personas -del mundo de la docencia, de la cultura, del propio periodismo- que nos comentaban que el periódico exigía demasiado de sus lectores; lo que quiere decir que era un periódico que exigía ser leído, y no simplemente comprado y paseado en nombre de un viejo hábito del que resulta tan difícil sustraerse como de cualquier otro vicio. Hubo muchos gestos de admiración que se trocaron demasiado pronto en el gesto de desconfianza que provoca la sospecha de hallarse ante un espejo quizá demasiado revelador. Y la respuesta fue fácil: bastó cruzarse de brazos -un cruce de brazos estremecedor, teniendo en cuenta que venía de una ciudad que estadísticamente demandaba ese periódico- y dejar que la criatura muriera. 


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Este cuaderno: siempre abierto, siempre disponible, incluso cuando las ocasiones de acudir a él se espacian. Pero no es que vida y escritura sean, como dicen algunos biempensantes del vitalismo per se, inversamente proporcionales. Hay vida que te aleja del cuaderno, sí, pero lo que deja a cambio no vale lo que el cuaderno por sí mismo elige para sí y cree digno de preservar. Ni tampoco es que escribir te quite de vivir. Vives escribiendo. Lo otro es pasar los días.



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En las presentaciones de Panorama y perfil: leo mejor -quizá porque me entiendo mejor, y me siento más desembarazado para explicar lo que se suele explicar en estos casos- ante desconocidos que entre amigos; o ante públicos en los que los primeros son más abundantes que los segundos, y no al revés. Quiero pensar que porque esa circunstancia se asemeja más a las condiciones ideales en las que sucede toda escritura: un diálogo en el que la presencia del interlocutor queda aplazada a un momento de recepción en el que el escritor ya no está delante; o, si lo está, se atiene a una especie de distanciamiento pactado, como ocurre en las lecturas públicas ante desconocidos. Pero tampoco puedo descartar que el motivo no sea otro que una inoportuna reaparición de... la timidez; y la sospecha de incomprensión por quienes, al fin y al cabo, te tratan en otros contextos e interpretan tu condición de escritor como una curiosa y quizá disculpable anomalía.


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(Suicidas) El caso Costafreda, sobre el que leo algunas notas en una apretada biografía de Valente: entre las razones que le llevaron al suicidio, la insidiosa e insistente postergación de la que fue objeto; lo que no es tanto una acusación contra el inclemente medio literario como un testimonio, entiendo, de que hay quienes juzgan mal sus fuerzas a la hora de adentrarse en esa selva. "Quizá el suicidio es la decencia última", dijo Jaime Gil de Biedma a propósito del suicidio de su amigo. Pero no se sabe si estaba refiriéndose al suicida propiamente dicho o al amargo reproche que reciben de él quienes lo sobreviven.


Lo que me lleva a otro suicida también mencionado en el libro: el cubano Calvert Casey. Apenas dos semanas antes de su muerte escribió una carta a Valente en la que había explícitas alusiones a proyectos a medio y largo plazo en los que ambos estaban implicados. Lo que tampoco debe extrañarnos: a  veces la proyección social es más larga y voluntariosa que la pobre voluntad vital, y propone cosas ante las que la otra guarda el silencio de quien sabe más.



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Burt Lancaster en Los profesionales, el desgarrado western de Richard Brooks:  "Quizá sólo haya una revolución: la de los buenos contra los malos. La cuestión es: ¿Quiénes son los malos?". Lo que me recuerda muchas reflexiones al mismo efecto que se hacen en España en los últimos tiempos.

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