martes, noviembre 11, 2014

REDENCIÓN

Después de todos estos días anómalos, vuelta a las rutinas: entre ellas, este diario, que tenía uno bastante descuidado. Con esta prevención: no recapitular esos días pasados. Una cosa es la impresión inmediata, otra el relato pormenorizado de lo ya felizmente dejado atrás. No confundir nunca el diario con la biografía: en el diario, como en la vida, no se tiene nunca a la vista el desenlace. Y se escribe siempre en presente.

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Por primera vez en mi vida saco a pasear un perro. El de C., que acompaña a su dueña en sus desplazamientos, pero que inevitablemente no puede seguirla a todos y cada uno de sus compromisos. Lo veo desparramado sobre la cama de su dueña, cabizbajo, con los ojos gachos y una expresión de infinito desamparo. Casi tiende uno a pensar que se trata de una representación. Pero no: en cuanto me oye tocar el picaporte de la puerta de entrada -me dirigía a tratar un asunto doméstico con el vecino- se me pega a los talones. Entiendo la insinuación, así que, tras pensármelo dos veces, le engancho la correa al collar y me dejo arrastrar a la calle. Es una sensación novedosa. Normalmente a esta hora, justo después de anochecer, lo que hago es apagar el ordenador y derrumbarme en el sofá. Pero me resulta grata esta sensación de dejarme llevar por este manojo de nervios pleno de energía e instintos simples, que lo mismo mete la cabeza bajo un arbusto en pos de no sé qué rastro, que se lanza a olisquear a un congénere. Me sucede lo que siempre que introduzco el más leve cambio en mis rutinas: transportado a una realidad en la que lo familiar ha sido ligeramente trastocado, y el resultado es una grata sensación de novedad. Casi no me reconozco en este llevar de la correa a un perro por mi barrio, como no me reconocería, creo, si me viera llevando de las riendas a un elefante, pongo por caso, en una hipotética vida que me hubiera tocado vivir en la India de Kipling... Novelerías de uno. A las que el perro, desde su instintiva comprensión de las debilidades humanas, parece mostrarse agradecido.

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No hay educación si el resultado no es redención. (Y discúlpese la rima.)

1 comentario:

Emilio Calvo de Mora dijo...

Disculpado. Se agradece el regreso. Las rutinas son maravillosas. A veces son maravillosas. No siempre. Yo las echo de menos cuando faltan. Las detesto, de ocuparlo todo.

Un diario es una observación. Claro que no hay desenlace en lo observado.