lunes, noviembre 17, 2014

UNA VELADA

El amigo C. Conserva su buena voz de otros tiempos, cuando, en compañía de otro viejo conocido nuestro de entonces, amenizaba las fiestas universitarias con un repertorio hecho de canciones de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Hilario Camacho, etc. Yo no era mucho de esa cuerda -a uno le tiró siempre más lo anglosajón-, pero me sumaba con agrado a los arrebatos de emoción colectiva en los que solían derivar esas fiestas de la nostalgia anticipada, como si jugáramos todos la baza de que aquellos momentos no valían por lo que eran, sino por lo que nos iba a parecer que fueron al recordarlos veinte o treinta años después. Aquello sucedía, quizá, porque esa música era ya entonces a un mismo tiempo actual y anticuada, y creo que nos aferrábamos a ella por ese mismo impulso por el que los niños crecidos se aferran a sus juguetes preferidos justo cuando intuyen que en cuestión de meses una fuerza que no controlan les quitará incluso las ganas de jugar con ellos.

Pienso en todo esto mientras oigo contar al amigo C. que, hace unas semanas, el dúo volvió a unirse para interpretar de nuevo su repertorio. Le decimos que sería bonito que un día actuaran aquí, en este pueblo de la sierra donde parece que el destino ha querido juntar a una selecta muestra de toda aquella caterva indecisa entre la modernidad de los ochenta y los aires heredados de la generación precedente. Y es entonces cuando su compañera pregunta al encargado del restaurante si tiene a mano una guitarra. No, no la tiene aquí, dice, pero no hay problema en ir a buscarla. Y, efectivamente, al cabo de unos minutos la guitarra está allí, coincidiendo su llegada con la de otro amigo que también canta y que, naturalmente, se suma a lo que parece que va a ser una improvisada velada musical. Y así va surgiendo, entre risas y lagunas de memoria, un amplio repertorio que no sólo abarca las viejas canciones del repertorio protestatario de entonces, sino también, inesperadamente, otras que quizá en su día no hubiéramos suscrito tan abiertamente como hoy, por parecernos más insustanciales o ligeras, o menos "comprometidas", como se decía en la jerga del momento. Pero el recuerdo hace tabla rasa de esas distinciones, y ahora lo mismo nos emociona -incluso a mí, que siempre fui reacio a este tipo de música- "Playa Girón" que, pongo por caso, "Señora azul", aquella pegadiza balada de Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán... 

Mientras, la barra se va llenando con el público de la tarde. Algunos se muestran un poco cohibidos al ver su espacio ocupado por el inesperado recital: Pero no hay alternativa: poco a poco, se diluyen las barreras entre conocidos y desconocidos, y se da incluso el caso de que uno de éstos aprovechó un instante de descanso para preguntar, señalando la guitarra: "¿Puedo tentarla?". Y tras algún forcejeo para hacerse con el tono, cantó tres canciones seguidas y luego... se despidió sin más, como avergonzado de haber tenido esa espontánea expansión entre extraños.

No sé cómo acabó la velada. Vencidos por el cansancio acumulado los días anteriores, nos retiramos. Nadie había previsto esta fiesta y nadie sabría explicar a qué se debió. Había durado... nueve horas, cuando en realidad nosotros sólo habíamos ido allí a almorzar. Cosas que pasan.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Un auténtico placer disfrutar esa tarde con vosotros.
C.