lunes, diciembre 15, 2014

BLOOM

No entiendo la irritación que han causado en algunos colegas los juicios del crítico Harold Bloom sobre la presunta insuficiencia de la literatura contemporánea. Y no es que me gusten los dictámenes demasiado rotundos y de alcance universal, pero le tengo aprecio a Bloom como teórico del Romanticismo: sus libros sobre este asunto -The Visionary Company, The Ringers in the Tower- son insuperables; como es poco discutible, por personal y a un mismo tiempo conmovedora, su idea de que el impulso romántico ha seguido animando a quienes él considera los mejores poetas en inglés del siglo XX: W. B. Yeats y Wallace Stevens, entre otros (por contraposición a Eliot y al vanguardismo en general). De su constatación de la continuidad esencial -siempre en el ámbito anglosajón- entre el ciclo romántico y la gran poesía imaginativa de los siglos XVI y XVII -Spenser, Shakespeare, Milton- proviene su idea de la existencia de un canon: y lo cierto es que, en la práctica, la historia de la poesía inglesa no se entendería sin considerar la pugna de algunos de sus poetas más ambiciosos por merecer estar a la altura de esos gigantes. 

Entiendo que lo que Bloom exige a la literatura actual, y no encuentra, es esa ambición totalizadora y visionaria. Evidentemente, yerra el tiro cuando lo dirige a ámbitos ajenos a su campo de estudio. También es cierto que alguna vez ha podido reprochársele alguna maniobra cínica en sus fluctuantes opiniones sobre determinados autores: Edgar Allan Poe, por ejemplo. Pero su posición es clara. Y expresa, sobre todo, una insatisfacción que yo, como lector, también siento a veces.


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Dedico buena parte de la mañana a partir aceitunas; y en la conversación telefónica que mantengo luego con J.A.M., en la que discutimos algunos aspectos del trabajo pictórico-literario que nos traemos entre manos, la parte más enjundiosa es la que se refiere al aliño del mencionado fruto. Y está bien que así sea, porque, de alguna manera, en nuestra confluencia de intereses lo artístico es siempre un aspecto derivado de esas otras querencias dictadas por el entorno y la estación; que son, al fin y al cabo, las que determinan todo lo demás.


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Había tres sillas y se ocuparon: lleno total. Habrá quien llene estadios, sí; pero sabe que el fracaso asoma sus orejas por esos pequeños claros que nunca faltan en el graderío. 


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La sobrecogedora noticia de la muerte de nuestro amigo Rafael de Cózar: la ironía de que la asfixia lo venciera en el intento de salvar su biblioteca de las llamas originadas en una estufa. Entiende uno ese impulso, incluso en lo que pudiera tener de irreflexivo. Los libros -quien frecuenta los mercadillos callejeros lo sabe- valen materialmente tanto como la basura. Pero para quien los atesora y los trata son, a menudo, la posesión más preciada; y no a la manera del avaro que guarda oro o monedas en un escondrijo; sino en el sentido de quien aloja en su casa a un ser querido a quien prodiga toda clase de cuidados; incluso los que suponen, ay, el olvido fatal de uno mismo. 

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