martes, diciembre 09, 2014

EL CASTAÑO

Inevitablemente, venir aquí a hablar de nuestros libros viene a ser un modo de rendir cuentas. Es lo que hace M.A. ante el escogido auditorio que ha acudido a escucharla. Aunque su libro está escrito sobre la falsilla de una cultura lejana, su referencia inmediata es este lugar, y algunas de las experiencias a las que alude son bien conocidas de todos: la repentina muerte de de ese hombre joven que ya empezaba a ser amigo nuestro, por ejemplo; o las veladas bajo cierto castaño cuyo propietario -y no es exactamente una coincidencia- está sentado entre el público, y a quien yo también dediqué unas líneas -más jocosas, menos trascendidas- en La novela de K.  Bromeo con él sobre este hecho, a la salida: son ya dos los libros en los que se le alude; a él, que, en su faceta de entendido en flamenco, ha tratado a otros escritores que se acercaron a ese mundo: entre ellos, nuestro Fernando Quiñones. Al pie del castaño aludido en el libro de M.A. nos contó este amigo nuestro la anécdota de cuando nuestro paisano, aterido de frío en medio de una larga velada flamenca que se había alargado hasta altas horas de la madrugada, pidió algo para abrigarse y le acercaron una manta de caballo, con la que no dudó en envolverse. "Apesta horrorosamente -dijo- pero qué a gusto se está". Y lo que no sabe este amigo es que esa anécdota, oída en sus labios y referida a otro viejo y querido amigo ya ausente, de alguna manera cierra un amplio círculo.


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Y es curioso que, en medio de un puente festivo en el que la literatura ha servido, como otras veces, de pretexto para el encuentro amistoso, no hayamos desperdiciado ocasión -como es de rigor, también- de denostarla, o de quejarnos amargamente -y con fundamento- de su sinsentido.

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