miércoles, diciembre 03, 2014

LA MISS

Me ha hecho gracia constatar que hay quien se ha acordado de mi libro La sonrisa del diablo, de 1998, a raíz de la publicación, con el mismo título, de la primera entrega de una serie de novelas de misterio a cargo de una tal Annelle Wendeberg. No me quejo de la coincidencia y ni siquiera creo que sea malintencionada. Pero me trae a la memoria un curioso periodo de mi trayectoria literaria. En esos años -los que median entre La sonrisa...Lluvia ácida, en 2004- padecí el disculpable espejismo de la vanidad autoral. Los hechos lo alentaban: La sonrisa del diablo, así como El hombre del velador y el mencionado Lluvia ácida, obtuvieron varias reseñas elogiosas e incluso alguna que otra gacetilla en el suplemento Babelia, que es algo así como el Olimpo de la gloria literaria hispana; y, puede que por lo mismo, en ese intervalo solicitaron mi presencia en varias mesas redondas en torno a la actualidad del relato breve, e igualmente me incluyeron en varias antologías del género.... Reconozco que me llevé un gran chasco cuando constaté que, pese a tan prometedores antecedentes, la publicación de mi cuarta colección de relatos, Sexteto de Madrid, no fue cosa fácil. Cuando el libro finalmente apareció, pasó sin pena ni gloria... Y ahí hubiera quedado mi carrera de narrador breve, si mis culpas no me hubieran llevado a pergeñar, no hace mucho, un quinto libro de relatos, aún inédito... Algo aprendí, no obstante: la nula valía, a efectos editoriales, de cualquier logro que no pueda traducirse en beneficios contantes y sonantes; y el hecho, no menos incontestable, de que, más allá de cierta edad, lo normal es que la trayectoria de uno siga un camino descendente, por modestas que sean las cimas en las que se haya iniciado esa caída. Y por eso me llama la atención, cuando uno anda ya curado de espanto, que alguien venga ahora a hacer la vindicación de uno, aunque sea a efectos de reclamar mi primacía en el uso de un trillado título que luego otros utilizaron.

Pero más bien quiero hablar aquí de otras perplejidades asociadas al recuerdo de ese libro. En el que incluí un cuento titulado "La miss", basado en la memorable imagen de una camarera de bar de copas que, poco tiempo después de dejar su huella en la memoria sentimental del atribulado protagonista del relato en cuestión, ganó un concurso de belleza, lo que el narrador parece interpretar como una nueva vuelta de tuerca en esa tendencia que tiene el deseo a convertir en irreal aquello en lo que fija su atención. La historia tenía un fundamento real, y así supieron verlo los anónimos redactores de la jocosa sección de cartas al director que entonces se publicaba en la revista Renacimiento: una de esas apócrifas cartas apareció firmada por la miss en cuestión, que decía acordarse del encuentro del que hablaba mi relato... Pero como la vida tiene una perversa tendencia a adoptar patrones de melodrama barato, quiso el azar que esa chica, años después, sufriera un cruento accidente de coche que la apartó para siempre del primer plano de la actualidad mediática, que es tanto como decir de la fantasía que convierte a ciertas celebridades en inalcanzables objetos del deseo colectivo.

Quién se para uno a discutir ahora la importancia de que le hayan sisado un título. La vida da giros mucho más imprevisibles. Y uno de los paradójicos efectos de la literatura es atraer la atención sobre ellos.

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