lunes, diciembre 22, 2014

LAS ESPAÑOLAS

Igual que hay quien, para aliviarse la conciencia, de cuando en cuando da una moneda a un pobre, yo a esos efectos compro en los baratillos, y siempre por unos céntimos, un libro de Terenci Moix o de Francisco Umbral. No sé muy bien qué clase de bálsamo moral obtengo a cambio: el oportuno recordatorio, quizá, de que las glorias literarias, como las otras, son siempre pasajeras; o de que la ingratitud de los lectores es inconmensurable; o de que haber sido leído por muchos no significa necesariamente haberse ganado la fidelidad siquiera de un puñado. 

No sé. En el caso de Moix voy haciendo acopio de sus libros de viajes, las misceláneas sentimentales, las novelas policíacas de juventud, los cuentos y alguna que otra stravaganza, como esa novela indescriptible que tituló Mundo macho. Con Umbral es más difícil deslindar el polvo de la paja: ambas cosas se presentan inextricablemente entreveradas, y hay que tener una cierta vocación de buscador de perlas en el fango para encontrar las que realmente hay, y muy valiosas, en la prosa de este prolífico escritor. 

Pongo como ejemplo el último libro suyo que ha llegado a mis manos; o quizá sería mejor decir que he rescatado casi literalmente de la boca del contenedor de basura, como parte de un despiadado descarte de biblioteca motivado por una mudanza: me refiero a Las españolas, uno de esos libros de sociología impostada que Planeta encargaba a escritores famosos para nutrir su muy reaccionaria colección Espejo de España, en una época en la que el público respondía bien a esos reclamos. Las españolas es un catálogo de los tipos de mujer que eran visibles en España en los años inmediatamente anteriores a la muerte de Franco, y respira ese aire de desconcierto ante la figura de la mujer en trance de emancipación que es la nota distintiva, también, de las canciones sentimentales de la época, las que cantaban Camilo Sesto o Lorenzo Santamaría, por ejemplo. Hay muchas alusiones, por tanto, a la mujer con estudios, a la progre, a la feminista, a la que viaja y alterna... Y otras muchas dedicadas a la presunta hembra hispana tradicional, rolliza y frígida, absorta en insondables quehaceres domésticos y en una igualmente insondable voluntad de dominio. 

Naturalmente, no es posible leer estas páginas sin indignarse un poco. Lo que Umbral dice de las mujeres asesinadas por sus maridos sería hoy motivo de denuncia en un juzgado. Pero hay también, en este batiburrillo oportunista, muchas páginas lúcidas, que parecen delinear la herencia sentimental de alguien que debe mucho de su educación en ese campo al influjo de esas hembras tan despiadadamente catalogadas. La que dedica a las madres solteras, por ejemplo, tiene su miga, por motivos que el curioso puede espigar en la poco complaciente biografía del autor que perpetró la profesora Anna Caballé hace unos años. No digo más. 

Hojea uno estas páginas con una mezcla de agrado y sobrecogimiento: ¿sonará así, dentro de algunos años, todo lo que hoy nos parece fresco y ocurrente? ¿Tenemos los escritores de hoy las entendederas así de obstruidas por la sensibilidad del momento? Aunque quizá quepa invertir la pregunta: ¿habrá en nuestras páginas, como en las de Umbral, algo que merezca salvarse de la quema? Yo, de momento, hago acopio de sus libros, esperando merecer algún día -lo mío es todavía más azaroso y precario- la misma piedad.

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