martes, diciembre 23, 2014

PASEANTE

Ahora que me veo en el trance, empiezo a entender el punto de vista del paseante de perros. Mejor sacarlo siempre a horas intempestivas; antes del amanecer, o en la de la siesta, o al filo de la madrugada. El privilegio de pasearte la manzana sin cruzarte casi con nadie: tan sólo con otros paseantes de perros, a los que, más que reconocer, parece que olfateas, porque se le van pegando a uno las mañas del perro y empiezas a tener una perspectiva del mundo muy a ras de tierra, hecha más de texturas y olores y presencias inquietantes que de panoramas visuales. Y esta sensación de que, desde tus recién adquiridas dotes de rastreador, el mundo se te hace más enigmático e interesante, a la vez que inexplicable. ¿A dónde se dirigen esos otros apresurados paseantes sin perro? ¿Qué sucede tras esa única ventana encendida en un edificio de tres plantas? Si fuera uno gato, todas estas eventualidades merecerían, además de un  instante de curiosidad pasajera, un veredicto último de desdén. El perro, por el contrario, hace alarde de una indiferencia ecuánime: no juzga, no condena, sólo constata... y a otra cosa. Más o menos, lo que hago yo en este cuaderno.

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El hombre que corta el césped pinta un cuadro que sólo puede apreciarse como es debido desde las alturas.

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Desde 1789, no hay príncipe ni princesa que no viva a la sombra de una guillotina. Y a todos se les pone un poco la cara que han de llevar dentro del cesto.  

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