miércoles, diciembre 24, 2014

ROCCO Y SUS HERMANOS

Creo que es la tercera vez en mi vida que veo Rocco y sus hermanos, de Visconti. Ya no con la reverencia de la primera (en un cine-club, a mis veintipocos), ni con el cansancio acumulado de la segunda (en el programa de Garci, que en esa ocasión sumó a las casi tres horas de metraje al menos una más de anuncios). Así que puedo decir que ésta es la primera vez que me enfrento a esta película monumental con la cabeza despejada y un cierto bagaje con el que confrontarla. Bueno. No quiero decir que los años lo capaciten a uno para apreciar mejor las obras de arte. Para eso, posiblemente el entusiasmo juvenil resulte insustituible. Pero algunas cosas sí se ven más claras con el tiempo. 

Por ejemplo, que en esta película pretendidamente realista el director se las ve y se las desea para aprehender la realidad. Quizá lo logre un poco al principio, en el impagable tramo que aúna la llegada de la familia Parondi a Milán, el choque de la madre con su futura consuegra y el recurso pícaro a alquilar un piso que no se piensa pagar, con idea de que el ayuntamiento les conceda una vivienda social después del correspondiente desahucio... Todo esto -y quizá la escena de la primera nevada, con la consiguiente alegría del clan porque ese día se les contratará para quitar nieve de las calles- sí responde al pie de la letra a la cartilla neorrealista. Y bien está. 

En el resto, Visconti pretende aplicar a su asendereada familia de inmigrantes meridionales los patrones del melodrama desaforado, operístico. Hay de todo: enfrentamiento cainita entre dos hermanos, asesinato de la mujer que involuntariamente se ha interpuesto entre ambos, intervención fugaz de un agente corruptor, etc. La historia avanza a saltos, no sin cierta grandeza elocuente. Pero uno empieza a impacientarse, y la curiosidad elemental que sentíamos al principio hacia el trasfondo humano y social de la película empieza a sentirse defraudada. ¿De verdad -piensa uno- todo se reduce a la disyuntiva entre ganar dinero fácil -mediante el boxeo, en este caso- o aplicarse para ser un probo obrero especializado en la Alfa Romeo, como hace el hermano modélico por quien parecen inclinarse al final las simpatías del director? ¿Es creíble la bondad dostoievskana de Rocco? Etcétera.

Cierto que la influencia de la película ha sido enorme. Y que su influjo, como señala el crítico Roger Ebert, se extiende a toda la saga de El Padrino y a Malas calles de Scorsese, entre otros. Pero se siente uno tentado a decir que la historia que en ella se cuenta está mejor contada, por ejemplo, en Surcos, del español Nieves Conde, que hoy ya nadie ve ni pone como modelo de nada. Tampoco creo yo que Visconti sea hoy autor de cabecera de nadie. Pero su prestigio se mantiene incólume. Aunque sea por inercia, como tantas cosas. 

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