jueves, enero 29, 2015

HUESOS

Pobres huesos de Cervantes. La proximidad del cuarto centenario de su muerte, que se cumplirá dentro de apenas un año, ha espoleado las ganas de desenterrarlos, y para ello no parece haber escrúpulo en turbar de paso el descanso de todos los sepultados en la cripta del viejo convento de las Trinitarias, en el Madrid de los Austrias. Hemos visto ya el resultado de algunas de esas exhumaciones: unos pocos huesos terrosos, descompuestos, con un cierto aire incongruente a despojo de carnicería. No entiende uno esa avidez carroñera. Si de antiguo se sabe que los restos del escritor están efectivamente enterrados en ese lugar, debería bastar esa certeza para satisfacer al curioso, o al simple lector agradecido que quiera permitirse el gesto entre piadoso y sentimental de visitar los lugares relacionados con la vida material de ese hombre sin suerte que se llamó Miguel de Cervantes. Lo otro, el deseo de ver e incluso de tocar esos huesos, parece responder más bien a otros instintos. Esa pornografía funeraria nada tiene que ver con la investigación histórica, ni con el afán de conocimiento de los eruditos, ni con el respeto a nuestro escritor más verdadero y universal. Responde, más bien, a esa especie de fetichismo que asalta al inculto acomplejado cuando debe enfrentarse a un objeto de cultura. Y que todo un país parezca fascinado por esa búsqueda dice mucho de lo que somos, de cómo somos.

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No, no estamos acostumbrados a estos fríos: la propia benignidad habitual de nuestro clima nos impide hacernos a ellos, por más que no haya año en el que falten semanas tan gélidas como las que estamos padeciendo. Las pasa uno como puede, dejando para ocasión mejor la necesaria adquisición de lo que por unos días echamos en falta: un gorro de astracán con orejeras, por ejemplo, y uno de esos abrigos canadienses de piel vuelta, con el pelo por dentro... Mientras, nos vamos apañando con nuestros abriguillos de prêt-a-porter y las bufandas de compromiso que nos regalan los Reyes Magos. Con los catarrazos y las bronquitis hacemos cuenta aparte: de algo hay que morirse. Y así hasta la primavera.

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Igual que a los políticos emergentes, en los Estados Unidos y otros países de tradición protestante, invariablemente les buscan, y casi siempre les hallan, un escándalo de faldas, a los de aquí se les busca siempre alguna indiscreción económica. Nuestra ligereza al respecto no tiene cura: por algo somos un país pobre, donde lo verdaderamente voluptuoso sería revolcarse en la riqueza. Lo otro, lo de la carne, ya se sabe lo que es: una diversión casera, que no cuesta nada.

2 comentarios:

El castrador manchego dijo...

Es verdad que las Trinitarias se levantó durante el reinado de FelipeIII,Austria él, pero en realidad está en el llamado "Barrio de las letras" De buenos espiritosos habrá dado usted cuenta a la sombra de este piadoso templo, amigo. Dicho con el debido respeto.
No me parece mal que la avaricia sea por aquí mayor pecado que la lujuria.
Esa cosa que tienen los herejes un tanto grimosa.
En cambio la exhibición de cadáveres debería si es un bien de nuestra tradición que se está perdiendo por mor de ese miedo también "herético" que se le tiene hoy a la muerte en general. Ya se que no son estas las motivacines de la infame búsqueda, como de las recientes de Velazquez, Quevedo,o García Lorca.

C.M. dijo...

corrección:
Como mínimo sobra el "debería"después de "cadáveres". alguna otra palabra iría ahí... pero no me acuerdo.