lunes, enero 26, 2015

NEORREALISMO

Un buen argumento para cualquier imitador local del neorrealismo italiano, al estilo del Nieves Conde de Surcos o del Forqué de Un millón en la basura: el que atañe a este conocido mío que ha tenido que rifar entre el vecindario su reloj de pulsera para pagarse el billete a Holanda, donde le han ofrecido un empleo. No creo que el ganador le haya reclamado el premio.

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Nieve en el Torreón y el Reloj, dos picos de la sierra de Cádiz. Desde la carretera veo sus dos modestas caperuzas blancas, casi gemelas. Y pienso en la Bola del Mundo, en el Guadarrama, contemplado desde la ventana de un autobús en aquel noviembre, que ya me parece tan lejano, en el que empezaba in situ mi novela Ronda de Madrid, e hice una pausa en mis días de callejeo para ir a visitar (en realidad, a entrevistar, porque iba a proporcionarme algunas jugosas historias para mi novela) a una amiga mía que vive en la periferia de la capital. También aquel día soleado y gélido de finales de otoño me hizo acordarme de los fríos secos de la sierra gaditana. Luego vi nevar en el propio Madrid: una cenefa de nieve se acumuló en el repecho de la ventana de mi piso en Aluche; y esa misma noche, cuando volvía de presentar mi novela anterior, Vida nueva, en cierta librería madrileña, volvieron a caerme unos copos mientras atravesaba el Parque del Oeste en dirección a la estación de Príncipe Pío. Nieve sobre las formas egipcias del templo de Debod: una más de las muchas imágenes aparentemente incongruentes que forman el trasfondo, digamos, poético de aquel viaje literario. Ni que decir tiene que la novela que empecé a escribir en esos días fue un fracaso, como lo fueron las anteriores, como lo serán acaso todos los libros que me sea dado escribir. Pero también en esos días creo que alcancé a comprender la verdadera función de la obsesión literaria en mi economía vital: la escritura como un sutil subrayado de la vida corriente, un modo de intensificar o poner de manifiesto sus elusivas líneas de fuerza, sin las cuales el conjunto tiende a sumirse en la confusión y el caos. 

No sé por qué pienso ahora en esas cosas.

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Me comunica esta amiga la muerte de su perro, a quien tuvimos ocasión de conocer bien durante el largo periodo en el que la similitud de edad de nuestras hijas y una cierta confluencia inesperada de voluntades y afectos hicieron que nuestras respectivas familias intimaran y los siete -las dos parejas, cada una con una hija, más el perro- resultáramos casi inseparables, en un intervalo que duró varios años e incluyó unas cuantas vacaciones de verano en la sierra. El perrillo -un schnauzer pequeño, de andares asimétricos y mucho carácter- nos pastoreaba a discreción durante nuestros paseos, con algo de geniecillo tutelar y de nota excéntrica en aquel grupo levemente tocado ya de las melancolías de la edad, las contradicciones de la clase media y las perplejidades de la paternidad. Ha sido el primero en irse. Y será acaso como cuando, en su compañía, nos adelantábamos a cruzar el Bocaleones y el se quedaba al otro lado del arroyo, temblando de miedo y ansiedad, hasta que, en un arranque de gallardía, se decidía a meterse de cuerpo entero en el curso de agua.

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