lunes, enero 05, 2015

PROGRAMA DOBLE

No me parecen del todo deleznables las dos películas de Joseph W. Sarno con las que he venido a tropezarme estos días en mis exploraciones sin rumbo. Sarno -lo digo ya- fue un prolífico cultivador de eso que llaman sexploitation, es decir, de un tipo de películas en cuyas tramas abundan los encuentros sexuales y las ocasiones en las que sus personajes se exhiben desnudos, aunque dentro de unos límites: los que marcan las legislaciones vigentes para que una película no vea restringida su distribución a los circuitos de la pornografía. Una parte de la producción cinematográfica europea desde, pongamos, mediados de los sesenta a finales de los ochenta transcurrió por estos derroteros, y por ello no es extraño que Sarno, en esos años, alternara sus producciones en Estados Unidos con otras realizadas en países europeos más permisivos, como Suecia o Dinamarca.

De producción sueca son las dos películas suyas que he visto en los últimos días: Inga (1968) y Girl Meets Girl (1974). Las dos tienen en común una intriga que recuerda vagamente la de Las amistades peligrosas, la clásica novela libertina de Choderlos de Laclos. Ambas, en efecto, muestran las maquinaciones y el eventual desenmascaramiento de una  intrigante sexual. En ambas el guión avanza sobre pasos seguros, las interpretaciones tienen calidad dramática y la realización (fotografía, montaje, música, etc.) es cuidada y minuciosa. Más interesante es la primera, Inga, en la que la maquiavélica protagonista pretende explotar los encantos sexuales de una sobrina adolescente para obtener dinero con el que mantener a su improductivo novio, escritor en ciernes. El resultado es que, al final, la sobrina se enamora del escritor. En la segunda, es también una sobrina -parece que este parentesco da mucho de sí en las películas de Sarno- la que trastoca la apacible vida de libertinaje más o menos tolerado que se practica en la residencia de estudiantes que dirige su tía, hasta que sus maquinaciones son descubiertas. Una y otra película parecen abogar, pues, por una libertad sexual de buen tono, dentro de las convenciones burguesas y siempre con la exigencia mutua, entre quienes la practican, de respeto a unas reglas: el ideal, en fin, de la revolución sexual que estaba teniendo lugar en los ambientes liberales de los Estados Unidos y en buena parte de Europa desde mediados de los sesenta. Más que abundar en alardes donjuanescos y otras fantasías machistas, al estilo de las películas del mismo tenor que se hicieron entonces en Italia y más tardíamente en España, éstas de Sarno parecen simpatizar más con el personaje de la mujer liberada entre hombres más o menos pasivos o incluso abiertamente superados por los acontecimientos.

Como otras películas de esos años, éstas producen hoy en el espectador cierta melancolía. Los europeos y norteamericanos en general no parece que exhibamos hoy, en mayor medida que entonces, esos lineaments of gratified desire que el protorromántico William Blake quería, hace ya más de doscientos años, para su humanidad redimida por la Imaginación. Simplemente, las convenciones han cambiado, y se han hecho aparentemente más flexibles, sólo para favorecer el modus vivendi correspondiente a una población reducida a la condición de mano de obra eternamente eventual y que ha interiorizado esa precariedad hasta hacerla norma de vida. En ese sentido, estas películas hoy nos parecen... antiguas, por lo que tienen de expectativa de algo que el tiempo ha convertido en habitual, a la vez que ha desactivado sus efectos. De ahí, ya digo, esta melancolía con la que las vemos hoy. 


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Después de Inga, en el improvisado programa doble con el que me distraigo mientras el resto de la familia anda de compras, veo Torpedo (Run Silent, Run Deep, 1958), una espléndida película de submarinos. Asombra el partido que su director, Robert Wise, sabe sacar al espacio claustrofóbico en el que transcurre la acción. Es un mundo de hombres solos, en el que las únicas presencias femeninas son la chica que se exhibe ligera de ropa en un póster pegado en la pared y la voz sensual de "Tokyo Rose", la locutora que trata de minar la moral de la tripulación desde la radio enemiga. El comandante, interpretado por un ya muy envejecido Clark Gable, regresa con su nave al mismo avispero en el que había perdido otra unos meses antes, Y lo hace para morir allí y ser arrojado al mar, después de proporcionarles a sus hombres una apurada victoria contra un convoy enemigo; es decir: después de haber logrado -aquí también- esa especie de gratificación sensual de la que hablaba Blake, y cuyo precio no puede ser otro que la muerte... 


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Son, después de Qué bello es vivir, las primeras películas que veo en este 2015. Y, aunque las dos son muy viejas, me dejan el ánimo aligerado y expectante, como si a mí también me esperara en alguna parte un desenlace gratificante o una victoria... Será un buen año, sin duda.

1 comentario:

Turleque dijo...

Marie Forsa es una de mis debilidades,aconsejo "Floosie".
El subgénero de submarinos ha dado muchas y divertidas películas "Torpedo" es seguramente la mejor... Junto a"Das boot",quizás.