viernes, enero 02, 2015

TOS

El pánico del perro ante los petardazos con los que los gamberros del barrio celebran el año nuevo... Mala señal que mi primera salida a la calle en el 2015, a pocos minutos de las uvas y los brindis y los intercambios de parabienes, tenga como resultado esta manifestación de pánico incontrolable ante lo que parece una atmósfera de hostilidad general, zafia y ciega. Las alegrías masivas, o el modo como viven las masas ciertas ocasiones que entienden gozosas, siempre sobrecogen un poco. Y no sólo al perro. También yo tengo el ánimo encogido. O será cosa de la tos, que también influye.

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Hay quienes han celebrado la nochevieja quemando a un hombre en plena calle. Ha ocurrido en Madrid. La policía, que encontró el cadáver todavía ardiendo y hubo de apagar las llamas, aún no ha logrado identificarlo. Aun así, el balance oficial de estas celebraciones de año nuevo dice que apenas se han producido "incidentes de importancia". Como siempre, se trata de una impresión cuantitativa: quiere decir que, con tantos millones de personas en la calle, la muerte de una apenas tiene incidencia estadística. Lo que resalta aún más, si cabe, la insignificancia del muerto, su condición de simple anomalía en la atmósfera general de gozo impostado.

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Y la inevitable noticia, que nunca falta en estas fechas, de muertes masivas por aplastamiento. Esta vez ha sido en Shanghai, lo que no deja de resultar tranquilizador, porque queda tan lejos... De nuevo, la sensación de que lo que menos importa de esas muertes es la individualidad de cada una de las víctimas. Piensa uno en la cantidad de gestos y acciones absolutamente individuales e intransferibles con los que cada una de esas personas intentó predisponerse para la celebración inminente. El último aderezo ante el espejo, el adiós precipitado, la ansiedad por llegar a tiempo al punto de cita. Cuanto precede a la muerte resulta, retrospectivamente considerado, de una aterradora futilidad. Y más aterradora resulta la idea de que cualquiera de nosotros, en circunstancias como ésas, nos dejaríamos antes llevar por los instintos ciegos de la masa que por lo que consideramos nuestra propia capacidad de juicio. Quizá lo que llamamos individualidad, aquello a lo que fiamos lo que creemos lo mejor de nosotros, no sea más que un espejismo, una falsa proyección de nuestro ego que sólo tiene cierta efectividad en circunstancias muy especiales y restringidas. En lo que realmente importa, en los grandes actos masivos de reafirmación de grupo o de especie, lo que cuenta es lo otro. Puede que en ello esté nuestra fuerza, como sucede con las hormigas. Porque lo otro, la individualidad sobrecogida y atribulada, no transmite otra cosa que una innegable impresión de fragilidad.

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Definitivamente, tendré que ir al médico a que me recete algo para estas brumas que tengo en el pecho. 

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