domingo, enero 11, 2015

UNA REFLEXIÓN

Se entiende que, después de que una capital europea haya sufrido el asesinato de diecisiete ciudadanos por parte de terroristas, el ánimo colectivo no esté para disquisiciones de mucho calado, y que lo que toca ahora es encauzar la emoción. Pero, aún así, me extraña que no haya habido todavía voces autorizadas que hayan intentado ir más allá del simple relato oficial de los hechos, es decir, de la mera secuencia que va de los asesinatos propiamente dichos a la muerte de los terroristas a manos de la policía. No pone uno en duda la pertinencia de la actuación policial; quiero decir: no me creo autorizado a ejercer ahora mi derecho a la sospecha y a la crítica, porque la gravedad de los hechos parecía reclamar que la respuesta fuera así de expeditiva, pero... 

Siempre hay un "pero", y ni siquiera las emociones más desbordadas deben impedirnos formularlo. Que los terroristas, finalmente, no hayan podido ser llevados a juicio priva a toda Europa de la ocasión de oír de primera mano el relato de la conversión de unos desventurados en unos despiadados asesinos; y de cómo unos chicos que, por lo que sabemos de ellos, hasta hace unos meses no se diferenciaban mucho de cualesquiera otros chicos de barrio, experimentan el proceso de reconversión mental que les lleva a abjurar de la cultura y los modos de vida en los que se han criado para profesarles, a partir de ese momento, un odio mortal. 

Que los terribles crímenes que ese odio les ha llevado a cometer hayan sido bendecidos por organizaciones terroristas más o menos lejanas no permite, entiendo, la fácil extrapolación que supone concluir que esos crímenes son simplemente obra de un agresor exterior. No: los asesinos eran, o habían sido hasta hace muy poco y a todos los efectos, ciudadanos franceses (como los hay españoles, británicos, italianos, etc., que parecen afectados por el mismo virus). Y lo que procede, entiendo, es, además de deplorar los crímenes y declarar la indignación que nos producen, reflexionar sobre las causas de esos grados de exclusión y odio. Detrás de todo esto hay, sin duda, un descomunal fracaso social y educativo, que los gobiernos europeos deberían proponerse afrontar; y no, como parece, limitarse a considerarlo inevitable, cuando no a fomentarlo desde políticas sociales, económicas y educativas francamente insensatas. 

En Francia, como en casi todos los países de la Europa rica, hay grupos enteros de población en los que parece que la educación obligatoria -y, con ella, la necesaria impregnación en ciertos indispensables valores cívicos- no ha tenido el menor efecto, y para los que el sistema productivo no parece encontrar acomodo; y que, por tanto, no parece que vayan a actuar en el futuro como ciudadanos integrados y pacíficos cuyo único anhelo es llevar una vida decente. La violencia social ha tenido siempre ese origen y no otro. La novedad reside, ahora, en que una parte de esa población -en principio, la de religión musulmana, aunque no hay que descartar que a la pugna de extremismos por venir se sumen otros grupos- cuenta con una bendición externa para sus actos de violencia antisocial, que amplifica el efecto de esos actos y convierte a sus autores en mártires de una causa. 

Pero el caldo de cultivo, no hay que olvidarlo, no está en el Yemen o en la devastada Siria, sino en nuestras barriadas. Y ése es quizá el relato que los gobiernos europeos, a lo que parece, no están dispuestos a escuchar. 

1 comentario:

JOSÉ LUIS MORANTE dijo...

Querido amigo, la barbarie no tiene explicación, no entiende de lógicas hilvanadas por causas y efectos. Solo es locura. Una locura hecha iluminismo que cree en un dios con las manos manchadas de sangre y que seguirá causando víctimas porque para ellos no existen la educación, la convivencia de ideologías, la justicia social o el progreso. Soy pesimista. Ellos no razonan. Solo aprietan el gatillo.