sábado, enero 03, 2015

WILD

La fiesta salvaje (The Wild Party, 1975), la película de James Ivory, me lleva al poema del mismo nombre en el que está basada, publicado en 1928 e inmediatamente prohibido en buena parte de los Estados Unidos. De su autor, un tal Joseph Mancure March, apenas se volvió a hablar hasta que el poema fuera reivindicado por la beat generation (Burroughs especialmente) y conociera nuevas reediciones, entre ellas la que ilustró el afamado dibujante Art Spiegelman en 1994. El texto, que escandalizó en su día por sus descripciones sexuales explícitas, su empleo ocasional de palabras malsonantes y su enumeración de toda clase de prácticas y hábitos contrarios a la moralidad vigente -desde la homosexualidad al consumo de drogas y de alcohol ilegal-, se lee todavía hoy con agrado, aunque el lector que tenga un mínimo bagaje no terminará de reconocerle la condición de lost classic con la que se le quiso adornar en su relanzamiento: de hecho, el poema tiene más relación con las baladas de la cultura popular norteamericana -desde la de Jesse James a la de Bonnie & Clyde- que con cualquier logro de la poesía contemporánea; y sus tiradas rimadas resultan a veces francamente ripiosas, Pero expresa bien el gesto, también típicamente norteamericano, de desafiar las convenciones mediante un ocasional exabrupto que pone momentáneamente en su sitio a los biempensantes e hipócritas. Bueno. Tampoco la película es gran cosa, aunque quizá pueda contarse entre las pocas de James Ivory que no naufragan en esa suntuosa cursilería a la que tan aficionado es ese director.


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Y hablando de wild parties: mi ya diagnosticada bronquitis me mantiene en casa mientras una decena de amigos se divierten filmando el guión que ha elaborado C. a partir de mi relato "Carne o pescado", perteneciente a mi Sexteto de Madrid y otros cuentos. De vez en cuando me envían alguna foto del rodaje. Sí, parece que se lo están pasando bien. Pero quizá no sea del todo inapropiado que el autor del texto literario se quede en casa y no interfiera con la creación fílmica; aunque, por lo que sé, ésta sigue casi al pie de la letra el desarrollo de mi relato, y sólo ha cambiado, por necesidades logísticas, la localización. Sea. Esperaremos a ver el resultado.


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La flema, diagnostica este simpático médico que me atiende en el consultorio del barrio, no era finalmente del alma, como yo me temía a tenor de mi sombrío estado de ánimo en los últimos días, sino de los bronquios. Y tiene solución fácil: antibiótico, corticoide, codeína para poder dormir sin tos. Ojalá todo fuera tan sencillo. 

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