martes, febrero 17, 2015

CUADERNO DE CAMPO







Terminado el “Cuaderno de campo” pictórico-lírico en el que hemos estado trabajando José Antonio Martel y yo las últimas semanas. Extendemos en el suelo del estudio las treinta pinturas resultantes, ya todas ellas “sobrescritas” con otros tantos poemas en prosa míos… Me emociona el resultado, no ya, por supuesto, por mi aportación, sino por la ilación que se establece entre las treinta imágenes, la insinuación de que entre todas transcriben una historia o dan cuenta de una experiencia que quizá no hubiera podido contarse de otro modo, y a la que tal vez la leve sombra de unas pocas líneas manuscritas a lápiz sobre cada uno de sus episodios constitutivos no añaden sino una especie de clave adicional, disponible para el espectador que, una vez satisfecha la curiosidad de una primera mirada, quiera valerse de una posible guía de uso e interpretación. El viaje empieza en un camino y conduce, por vía de elevación de la mirada, hacia un tríptico de cielos, que se transmutan luego en diferentes modalidades de agua para, finalmente, circunscribir el recorrido a un ámbito más doméstico, en el que cabe la amistad, los cuidados de la huerta o el ejercicio de la pintura y la escritura. Visualmente, basta abarcar el conjunto para suponerle un sentido y una coherencia, que los textos aspiran a establecer de otro modo… En fin. Hemos dedicado las dos últimas jornadas a pintar y pulir los marcos. Ahora queda, quizá, lo más doloroso: exponer estas intimidades. Se hará, primero, entre amigos y conocidos, bajo la hospitalidad del restaurante Angélica, en Ubrique, y luego en la Feria del Libro de Cádiz. El destino de este tipo de trabajos no puede ser otro, ya se sabe, que  la dispersión. Hemos pensado, también, en la publicación de un libro… Se intentará. Pero lo importante ya está hecho. Y este cansancio sobrevenido, fruto de haber estado ejerciendo de ebanista y pintor de brocha gorda durante un par de jornadas, lo pone a uno en el estado de ánimo más adecuado al momento en el que se da por terminado un trabajo ilusionante. Anoche dormí doce horas del tirón. Me las merecía, creo.