lunes, febrero 09, 2015

LA NEVADA






Sí, aquí nieva poco: una, dos veces al año; y la nevada dura lo que las emociones rápidas e intensas: unos instantes que parecen una eternidad. Por eso la del sábado revistió caracteres excepcionales: duró toda la mañana, y cuando los últimos restos terminaron de fundirse, pasado el mediodía, la impresión general era que habían sido demasiadas impresiones para tan poco tiempo, y que el comienzo de la jornada parecía remontarse, no a unas horas antes, sino a otra edad, o al recuerdo de un viaje a otro país, o a la minuciosa escenificación de un sueño lejano. No era la nieve sucia de las ciudades frías, ni la nieve virulenta de los lugares donde el invierno es siempre una amenaza. Había cubierto limpiamente las faldas de los montes circundantes, extendido una pulcra sábana sobre patios y huertas, disfrazado los coches, revestido cornisas y tejados. Y la primera impresión era, en todos, de alegría nerviosa, como la de los niños ante una novedad que no comprenden; seguida, luego, de una sensación general de desorientación, como si de pronto nos halláramos en un país desconocido, y el mismo hecho de andar sobre la nieve con nuestro calzado inadecuado exigiera una readaptación para la que no estábamos avisados ni preparados. Yo mismo, después de estar a punto de resbalarme nada más pisar la acera, cambié las botas de andar por unas altas de agua, más seguras; y, con el pantalón embutido en ellas, la cara cubierta por varias vueltas de bufanda y un sombrero de ala ancha para protegerme la cara de los gruesos goterones fríos que todavía caían, me asomé a la plaza. Los niños ya jugaban a lanzarse bolas y a modelar apresurados muñecos con una zanahoria -¿de dónde habían salido todas esas zanahorias?- por nariz. Vimos a un gato cruzar corriendo la calle, espantado. Y asistimos, como en primera fila, a una segunda edición del prodigio: a una nueva nevada de lentos copos extendidos, como plumas, que cubrieron rápidamente los estragos que nuestros pasos y las rodadas de algún coche habían hecho en la primera capa de nieve. Nos fuimos a verla caer desde los ventanales de un bar con vistas al valle. Los coches subían despacio, cautelosos, y una excavadora, seguida de un todoterreno de la Guardia Civil, puso una nota de urgencia en lo que parecía suceder con la lentitud inverosímil de una secuencia soñada. Cuando volvimos, ya lucía el sol. Al mediodía la nieve era ya un recuerdo. Y aunque todos daban por hecho que esa misma tarde, o a lo sumo esa noche, volvería a nevar, e incluso más intensamente, lo cierto es que el milagro no volvió a repetirse, y a la mañana siguiente sólo quedaban vestigios de nieve en algunos rincones donde no había dado el sol y en la imponente fachada del Cao, orientada al norte de donde vienen todos los fríos.

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