lunes, febrero 23, 2015

OTRA VEZ UMBRAL

Creo que lo he puesto ya en este cuaderno: los libros de Umbral, que hoy se encuentran en los baratillos por unos céntimos, terminarán cotizándose como lo que son: para bien, o para mal, la obra de uno de los escritores más representativos de las aspiraciones y limitaciones de la literatura que se hizo en España durante el franquismo y los primeros años de la democracia. Tienen sabor de época, aunado con un meritorio esfuerzo de trascenderla, es decir, de ir más allá de ese estilo vagamente azorinesco y un tanto redicho que tenían los mejores prosistas que escribían en los periódicos de entonces. Para lograrlo, Umbral elaboró una curiosa mezcla del estilo peraltado de González Ruano y la cohetería de Ramón, trufado de algunas vetas de lirismo entre finisecular y becqueriano... No se me entienda mal: esa mezcolanza tiene personalidad y encanto; y es también un eficaz vehículo de cierto insatisfecho cinismo muy propio de la época. Ya quisieran muchos que de sus propios logros se pudiera decir tanto. 


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En su día leí y reseñé para El Cultural -fue uno de mis primeros encargos para ese medio- la biografía un tanto sensacionalista y indiscreta que le hizo Anna Caballé: entre otras cosas, dio dimensión pública a lo que hasta entonces había sido uno de los secretos mejor guardados de Umbral: su condición de hijo de madre soltera. La biógrafa, sin embargo, no quiso o no pudo aportar el dato de quién era el padre del escritor y si éste lo conocía. Hoy el misterio queda esclarecido: Umbral -lo ha publicado el periódico El País- era hermano del poeta Leopoldo de Luis; es decir, hijo del padre de éste, el abogado Alejandro Urrutia. En medio quedan años de veladuras, de afectos tácitos, de silencios elocuentes... Y es una buena historia, porque dice mucho de cómo funcionaban las cosas entonces, y de esos secretos mimbres de los que está entretejido, hoy como ayer, el mundillo literario hispano. No sé por qué, me ha conmovido.

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Como se le ha roto el collar a P., hay que ir a comprar otro urgentemente al pueblo de al lado -en el nuestro el comercio está cerrado por las fiestas-. Siguiendo las indicaciones de un amable viandante, llegamos a lo que parece el corazón de una populosa barriada con abundantes comercios. Es la primera hora de la noche del sábado y ya empiezan a verse ruidosas pandillas de adolescentes y ramilletes de muchachas engalanadas con los trampantojos de la imaginería seductora del momento. Cerca ya de la hora del cierre, los comercios están animados. Y frente a la penuria lumínica de los polígonos que hemos dejado atrás e incluso de nuestra propia calle, en este barrio no parecen haber escatimado en luces de todo tipo. Me agrada la sensación de extrañeza que experimento, quizá por el mero asombro de constatar que, a menos de quince minutos de casa, hay lugares en los que uno se siente como si hubiera hecho un largo viaje y se viera de pronto en medio de una ciudad desconocida. Otros vuelven de los suyos con colmillos de elefante u otros trofeos de caza: nosotros, con un collar de perro en el bolsillo del abrigo. El resto lo pone la imaginación.

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