miércoles, febrero 04, 2015

PECADOS

Me habían dicho que el trámite era sencillo: bastaba, decían, con rellenar una instancia y entregarla en una ventanilla. Pero llevo ya seis visitas a tres organismos oficiales, a razón de dos visitas por organismo, y la gestión no se ha resuelto aún. Lo achacan a una cuestión de procedimiento: el "vuelco de datos" -así lo llaman- entre un organismo y otro se efectúa cada quince días; lo que supone, en fin, un procedimiento casi tan lento y laborioso como cuando estas cosas las hacía a mano una legión de escribientes con manguito... La informática, si acaso, no ha venido sino a entorpecer más el proceso. Y no parece que haya remedio a la vista, porque, entre los interesados en fomentar el descrédito de lo público en beneficio de lo privado, y quienes plantean como un acto de fe el mantenimiento a toda costa del caduco entramado estatista, no parece que haya lugar para la solución más lógica, que sería su modernización y racionalización. La cosa al menos tiene su contrapartida literaria: después de una semana de trámites inútiles, se siente uno tocado del genio -del mal genio, diríamos más bien- de Larra.

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Ahora que C. ha superado ya la edad escolar, y que por tanto todos mis alumnos son ya más jóvenes que ella, tengo una mayor conciencia de la enorme diferencia entre, digamos, la bisoñez de éstos y el desengañado saber de un hombre adulto que ya ha pasado por la experiencia de haber criado a alguien que los supera en edad. No es que esa distancia asegure la infalibilidad de los juicios del adulto en comparación con los variables sentires de los jóvenes; más bien es lo contrario: en el fondo, el voluble es el adulto, con su capacidad adquirida de acomodo y su preferencia por los caminos trillados; lo que no deja de experimentarse como una forma de cinismo... Que es, quizá, el pecado reconocido que más nos cuesta perdonarnos a quienes tenemos cierta edad.

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Leer como un modo de olvidar nuestros problemas haciéndonos cargo de otros mucho más complicados. Extraña operación del espíritu... ¿Quién dice que leer es divertido? Y, sin embargo, ¿quién puede negar que lo sea?

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