lunes, febrero 02, 2015

SMOKE ON THE WATER

Como he escrito en alguna que otra ocasión de la "escuela pictórica" más o menos centrada en la localidad gaditana de Ubrique y alrededores, y de algunos de sus pintores más conspicuos, no ha dejado de hacerme gracia la anécdota que me cuenta uno de ellos, al que hace poco quiso entrevistar la televisión autonómica. Al concertar la cita le preguntaron por la sede de esa "escuela", que se proponían filmar; y de nada valió decirles que la palabra "escuela" no se refiere solamente al edificio donde unos maestros enseñan algo a unos alumnos, sino que también vale por una tradición, o por un grupo de artistas más o menos emparentados por seguir unos principios comunes o estar sometidos a parecidos condicionamientos de lugar, época e influencias. Sólo en este último sentido existe una "escuela pictórica ubriqueña", denominación que reúne a un cierto número de pintores espontáneamente agrupados en torno a determinados eventos artísticos locales -por ejemplo, el Concurso de Pintura Rápida y el Certamen Regional de Pintura que se convocan en la localidad todos los años- y deudores, cada uno a su modo y estilo, del magisterio de Pedro de Matheu, el pintor gaditano-uruguayo-francés, pariente de Manuel de Falla, que dejó su impronta en los pintores locales a su paso por la zona a finales de los años cincuenta... Pero los reporteros de la televisión regional habían venido a filmar una escuela, y no se iban a marchar sin cumplir su propósito; así que hubo que reunir a unos cuantos niños en el estudio del pintor contactado y decirles que actuaran ante las cámaras como si pintaran; lo que, por cierto, muchos de ellos hacen ya muy bien, porque la afición a la pintura está muy extendida en la comarca y tiene cultivadores de todas las edades... Y así quedó la cosa. 


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A las once y media de una espléndida pero gélida mañana soleada de invierno, todavía no se ha derretido la capa de escarcha que cubre el parabrisas. Froto la fina capa de hielo con un trapo, para desprenderlo, y lo logro sólo a medias. Hoy las temperaturas -me había dicho previamente el churrero, cuando fui a comprarle el desayuno-, no pasarán de cuatro grados sobre cero en pleno día. "Fíjese", me dijo, "no he encendido la campana" -se refería a la que sirve para extraer los vapores-, "porque hace un efecto de vacío y entra el aire de fuera. Prefiero el humo". Y allí lo dejé, en su acogedora nube de fritanga, a salvo del toque gélido que ya me estaba helando la punta de la nariz.


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Me da no sé qué que todavía me emocione una canción tan simple como "Smoke on the Water", de Deep Purple. Será porque sus doce acordes fueron los únicos que llegué a dominar en una guitarra. O porque su recuerdo pertenece, ay, a ese legado de cosas indelebles de las que uno no se cura nunca, por mucho adorno que se eche encima.

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