jueves, marzo 26, 2015

CUADERNO DE CAMPO: UNA MUESTRA

Pongo aquí una muestra de algunas de las imágenes y textos que componen Cuaderno de campo: 30 cuadros de José Antonio Martel sobrescritos por José Manuel Benítez Ariza, que se expone hasta finales de abril en el restaurante Angélica, en Ubrique (Cádiz). 

Para más infomación, puede leerse este reportaje de Pedro Bohórquez en CaoCultura y esta entrevista con los autores en Diario de Cádiz, así como los contenidos que ofrece  la página Pintores de Ubrique


¿A qué inframundo me conduces, perro? ¿Por qué me esperas todas las mañanas, me guías en mis paseos entre los corrales de las afueras, vuelves la cabeza para ver si te sigo? ¿Por qué tu querencia hacia los arrabales de casas derruidas, de veredas invadidas de zarzas, de muros florecidos? ¿Por qué a esa distancia siempre, la cabeza gacha, la mirada huidiza? ¿Por qué desapareces y me dejas más perdido aún?


A diferencia del poeta inglés, no elogiaré la piedra caliza, ni su secreta connivencia con el agua, ni su memoria inerte de faunas extinguidas. Respeto su aspereza y temo a veces su declarada voluntad de deshacerse en lascas como puntas de flecha. También sé que a veces del costado de una montaña se desprende una laja que es media montaña, y de la herida abierta rezuman mil hilillos de agua. Llevo a mi boca un sorbo y empiezo yo también a disolverme.



Cielo cruzado de golondrinas. Como obedeciendo a una señal, se han lanzado a deshora al hueco abierto de la plaza. Barruntan, quizá, un viento malo, y por eso persiguen cada átomo de esa otra previa explosión de vida invisible que, en la calima de la tarde, flota en el cielo ingrávido. Y en ese frenesí sin alegría, la nota repetida de su canto inarmónico: granos de arena gruesa rozados contra un plato de porcelana blanca.




Se cierra el fruto en la apretura de lo que se repliega en sí mismo para madurar, y se adivina una secreta promesa de prodigalidad en esa avaricia. Mi impaciencia es la contrapartida exacta de esa calculada reserva. En su abundancia se le quiebran las ramas al limonero y muere el fruto al pie del árbol. Estallará la huerta a finales de agosto. Y sólo el membrillero, en aras de otro cumplimiento más lejano, se retrae y mira.



Tampoco exageremos: he puesto tiempo en ellos, pero no todo el tiempo; y vida, pero no toda la vida. También un poco de verdad que no se corresponde exactamente con los hechos. Con la verdad, la vida, el tiempo que les falta escribiré otro libro. Ya sé cómo termina.

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