lunes, marzo 09, 2015

EL DISCURSO DEL PINTOR


Casi nos perdemos en el intento de cruzar una ladera boscosa para atajar entre dos caminos que conocemos. Tratábamos de evitar que el regreso del breve paseo matinal no fuera desandar lo andado, y de ahí el intento de cruzar el bosque hasta encontrar el camino paralelo, que utilizaríamos para volver. Lo habíamos hecho otras veces, y nunca el trayecto recorrido había sido el mismo, aunque sí pudimos reconocer algunos hitos: el arroyo que había que cruzar, un claro con grandes troncos de encinas caídas, un llano alambrado. Pero no es lo mismo cruzar el arroyo cuando va seco que cuando va crecido, o hacerlo en los puntos donde el cauce se convierte en garganta que en los repechos donde la montaña alza un rimero de piedras por las que es posible cruzar a paso enjuto. Por lo mismo, tampoco es del todo irrelevante que, al salir del claro en el que se borran los senderos, lo hagamos por donde el declive desciende suavemente hacia el llano o por donde más adelante lo corta una pared en vertical. En eso consiste la condición laberíntica de esta pequeña lengua de tierra: cada paso plantea una disyuntiva, y depende de que en cada una de ellas tomemos la decisión correcta el que el resto del camino discurra con mayor o menor dificultad, existiendo incluso la posibilidad de que en algunos puntos el avance sea simplemente imposible, y que los obstáculos obliguen a plantearse la peor de las opciones, que es la de retroceder sin tener la certeza de que el presunto camino de vuelta sea el mismo por el que habíamos venido.

La sensación de desorientación duró apenas una hora. En ese tiempo estuvimos literalmente donde nunca antes habíamos estado. Y mereció la pena.


***

El discurso de mi amigo pintor al final del acto de presentación de nuestro Cuaderno de campo, una serie de treinta pinturas suyas "sobrescritas" por mí: con la garganta tocada por un mal catarro, se refirió a la "hora tonta" en la que aceptó mi propuesta, y a su desazón al ver los primeros cuadros suyos que me atreví a "sobrescribir"; no menor, entiendo, que la que yo mismo experimenté en el momento de decidirme a efectuar lo que no puede describirse de otro modo que como una profanación: lo que hacen los locos en los museos cuando sacan un aerosol o un rotulador y desfiguran un cuadro valioso, o lo que hacían los dadaístas cuando pintaban bigotes a la Mona Lisa. 

No es que a mí me guiaran esas intenciones destructivas: mi cometido se reducía a insertar un breve poema en prosa en las zonas de la pintura que se prestaran a ello, ya fuera en la pared blanca de una casa, en una mancha monocroma en el suelo o en los bordes claros de una formación de nubes. "Pueden imaginarse mi impresión" -confesó el consternado pintor- "al ver que, donde yo me había esforzado en lograr un determinado matiz de luz, ahora aparecían unos renglones desiguales...". Luego vino el proceso de aceptación, de entrever que quizá el acoplamiento de voluntades no estaba tan lejano ni era del todo imposible. A lo que contribuyeron, desde luego, las opiniones benévolas de algunos de los pocos testigos imparciales que asistieron al desarrollo del proyecto. El resultado estaba ahora allí, a la vista del numeroso público congregado en el acto de inauguración. Y no me pareció del todo inoportuno que al menos una de las partes implicadas dijera que llegar hasta allí no había sido fácil. O que la imagen que le llevó más tiempo pintar era la que respondía a un texto mío sobre la amistad.

Imagen: óleo sobre papel de José Antonio Martel Guerrero, con texto sobrescrito con lápiz blando del número 8 por José Manuel Benítez Ariza. 

Transcripción del texto: Cierro las manos para proteger del aire la llama de esta noche de amistad. La paso con cuidado a mi vecino de mesa y la veo temblar al recibir el roce delicado de su aliento. Queda un ascua también en el fondo del vaso que acabamos de alzar. Y una risa unánime extiende su llamarada.

La exposición Cuaderno de campo puede visitarse en el Restaurante Angélica, c/ Doctor Solís Pascual, 51, Ubrique, Cádiz.

1 comentario:

E. Cabello, Las Cumbres de Ubrique dijo...

Realmente parecía muy consternado por esa "profanación" de sus óleos. Aunque, más allá de esa consternación sentíamos la felicidad y la satisfacción que os invadían a ambos, orgullosos de ese magnífico resultado de vuestra colaboración que tanta envidia nos ha dado a todos.
¡Enhorabuena!