martes, marzo 17, 2015

PITOS Y PALMAS

Un extraño pudor me ha disuadido hasta ahora de anotar aquí que en las últimas semanas no veo otra cosa que películas mudas. No sabría decir cómo comenzó la racha: quizá revisando El hundimiento de la casa Usher, de Jean Epstein, de cara a la semana en torno a Poe que quiere organizar un librero amigo con motivo de la publicación de mi libro sobre este autor; o quizá -coincidencias de la vida- a raíz del encargo que recibí hace poco de presentar Alexander Nevsky de Eisenstein, que no es muda, pero que remite inevitablemente a la gran época muda de su director. O quizá era simplemente que tenía el ánimo predispuesto, y que estas calladas sesiones de sobremesa después de la cena me resultan más gratas ahora que apenas las turba la resonancia peculiar de las voces en el televisor y somos nosotros quienes rompemos el silencio para comentar en voz alta tal o cual detalle. En estas semanas hemos visto, entre otras, La caja de Pandora y Tres páginas de un diario de G. W. Pabst, Una novia en cada puerto de Howard Wawks, El enemigo de las rubias de Hitchcock, etc. Y tengo ya en cartera -y casi no veo el momento de verlas- otras como El jardín de la alegría, también de Hitchcock, o Bajo la máscara del placer de Pabst, por sólo mencionar dos de una larga lista que quizá me tenga ocupado hasta el verano. No sé qué otras razones añadir a las ya apuntadas: sólo que esto va por rachas; y que, igual que hace años me dio por dedicar todo un verano al cine americano de los setenta -y de eso sí que dejé puntual constancia en este cuaderno-, o en otras épocas he pasado semanas o meses siguiendo el rastro de actrices como Constance Bennett -de la que nadie se acuerda hoy- o la graciosa Jean Arthur, parece que lo que últimamente me interesa del cine es ese aspecto entre ritual y fantasmal que hoy no podemos dejar de asociar a la época muda. Bueno. Lo dejo aquí anotado -ahora sí-, por si el dato tiene alguna relevancia para una futura reconsideración de la historia de mis manías. Vale.

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En el periódico local me asignaron ayer la mitad buena del díptico de contraportada que titulan "Pitos y palmas": para mí las palmas, por la publicación de mi último libro, mientras que los pitos le han tocado nada menos que a Nicolás Maduro, el acorralado dirigente venezolano que acaba de asumir plenos poderes para defenderse de las protestas de su pueblo. Y me da por pensar si los espías que éste indudablemente tendrá en todos los rincones del mundo hispánico no habrán detectado mi involuntaria participación en la inocua reprimenda periodística que ha recibido su jefe en una zona del mundo donde todavía rige -eso queremos creer, al menos- la libertad de expresión... Y digo "todavía" porque lo verdaderamente aterrador es que el mencionado líder tenga, a lo que parece, acérrimos partidarios en España.

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Viendo la gozosa locura de los pájaros en estos días que preludian la primavera, no tenemos más remedio que pensar que en alguna parte se está celebrando una fiesta a la que no hemos sido invitados, o de la que sólo nos llegan los ecos amortiguados de la música, o cuyo sentido sólo entendemos a medias.

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