lunes, marzo 16, 2015

VIDA LITERARIA

Siempre me acerco a estrechar la mano de estos animosos libreros que ponen el tenderete a la puerta de los actos de presentación de libros y similares. Lo hago, quizá, a modo de disculpa; especialmente, si soy yo el motivo de que hayan dejado la paz de sus tiendas o sus casas y hayan venido a pasar la tarde en pie detrás de una mesa, normalmente para nada. Algunos agradecen el gesto; pero otros no ocultan su fastidio y decepción. Y quizá estén en su derecho: ponen la necesaria nota de realismo en este negocio; y vienen a decirnos que lo nuestro, al fin y al cabo, es como esas lechugas pochas que quedan en los mostradores de los colmados al final de la mañana: nadie las ha querido hoy, y en el intervalo han envejecido lo suficiente para que nadie las vaya a querer tampoco mañana ni nunca.

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Tarde en Sevilla. "Un café en vaso de caña, dos pastillas de sacarina y un vaso de agua. Uno cincuenta, ¿verdad?". El hombre deposita las monedas en la mano del camarero como quien certifica una verdad alcanzada a fuerza de mera repetición y sólo contradicha, ay, en los días aciagos en los que a la dirección del establecimiento le da por aplicar la preceptiva subida periódica del precio del servicio.

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El acostumbrado ritual libatorio que sigue a todos estos encuentros literarios. No es que uno tenga demasiadas ocasiones de ensayar esta clase de sociabilidad. Y el caso es que la mayoría de los escritores que conozco de mi edad suelen estar siempre entre los primeros en retirarse en estas ocasiones. Evidentemente, no estamos hechos de la misma pasta de esos gloriosos escritores de posguerra que no soltaron el vaso hasta el momento de morirse. Ni tenemos un hígado tan resistente. 

Imagen: cuadro de Manuel Martín Morgado en Fondonegro.