miércoles, abril 08, 2015

ABSTRACTO


A más de uno le extrañará leer aquí algo parecido a una apreciación de lo que suele llamarse "pintura abstracta". No van por ahí los gustos de este diarista, pero tampoco quiere uno sentar plaza de absoluto reaccionario en cuestiones de arte. Entiendo la vanguardia como un paso más (y no necesariamente tan importante o decisivo como algunos creen) en el largo camino trazado por la tradición. Y, en esa sinuosa ruta, no deja de llamar la atención que, en la España cerrada y conservadora de lo años cincuenta del pasado siglo, surgiera un grupo de pintores devotamente entregados al cultivo de la abstracción. Fue, como el Postismo en literatura o ciertos experimentos cinematográficos, una de las flores de vanguardia que discretamente crecieron en aquel ambiente enrarecido y contaron con un inesperado apoyo oficial por parte de unas autoridades que quizá encontraron en ellas ocasión de exhibir una oportuna fachada de modernidad. La vinculación de algunos de esos pintores con la ciudad de Cuenca favoreció que la escuela tuviera allí su centro y un hermoso museo, ubicado en las conocidas Casas Colgadas, en un entorno y ante un paisaje que no podían sino ofrecer el mejor de los marcos posibles para una colección de pintura cuyo objeto no parecía ser otro que sondear la capacidad de asombro e introspección del espectador predispuesto.

Visité por primera vez este Museo de Arte Abstracto de Cuenca hace unos veinticinco años. Y no parece que la colección ni su planteamiento hayan cambiado lo más mínimo en todo este tiempo. Si acaso, quien ha cambiado es uno. En aquella primera visita, el pintor que me pareció que ofrecía una obra más acogedora fue Fernando Zóbel. Su pintura brumosa, vagamente reminiscente de cielos nublados y paisajes embozados tras la niebla, remitía a la de uno de mis pintores favoritos de siempre, el inglés Turner. De aquella visita, recuerdo, me traje una lamina para decorar lo que fue mi primer estudio de escritor, un somero despacho con una mesa desmontable y una librería de segunda mano que instalé en mi primer piso alquilado. El cuadro que reproducía esa lámina, que ya no tengo en la pared, sigue en el museo: Atocha, una especie de nube de vapores en la que destaca un punto de luz blanca que recuerda el faro de un viejo tren de vapor. Por aquella época yo acababa de publicar Expreso y otros poemas y, como suele ocurrir a quien toca determinada cuerda estética, procuraba rodearme de obras y objetos que me evocaran el mundo al que remitían mis propias tentativas. 

Hoy día la pintura de Zóbel no me causa ninguna emoción: si acaso, me parece agradable y decorativa. Tiene uno ahora el espíritu predispuesto a otros productos de la imaginación visionaria, y por eso me parece que las imágenes que realmente mandan en el aséptico espacio del Museo de Arte Abstracto de Cuenca son las criaturas que pintaba Antonio Saura: el espeluznante bicho -me permito emplear el término que Ramón Gaya aplicaba a ciertas criaturas picassianas- que tuvo la humorada de presentar como un retrato de Brigitte Bardot, o el que dedicó nada menos que a su cuñada, la actriz Geraldine Chaplin... No es que me gusten, pero me dan miedo, y eso ya es algo. Como también lo es que, en mi actual tesitura de lector de poesía visionaria, y muy especialmente de los románticos ingleses, me hayan llamado la atención las pinturas de Gustavo Torner: La escala de Jacob, por ejemplo, con su sugerencia de una luz cegadora en lo más alto; o los cuadros que compuso con "acero inoxidable y chatarra", y que, si se contrastan con las fotografías de paisajes conquenses que el autor realizó en la década de los cincuenta, revelan su condición de composiciones "figurativas", sólo que dependientes de una realidad exterior en la que los contornos de lo reconocible tienden a perderse. Hay un evidente misticismo en esta pintura: el mismo que cabe apreciar, por ejemplo, en las vidrieras abstractas que el autor se atrevió a confeccionar para la catedral gótica de su ciudad, y que hoy día aportan a ésta unos singulares efectos de luz. Sé que a los escépticos no les convencerán estas apreciaciones, y ni yo mismo sé si creérmelas del todo. Pero sí tengo que confesar cierta inclinación a dar por buenas estas tentativas, conducentes a la constatación de ese mismo milagro de la luz a cuya captación dedicaron sus esfuerzos los grandes pintores clásicos. 

Con ese ánimo conciliador salgo del museo. Ya lo he dicho: el tiempo no pasa por las cosas, ni por los lugares; es uno quien cambia. Y es agradable constatarlo, siquiera sea porque tampoco tiene uno especial interés en reafirmarse en lo que sintió o pensó hace veinticinco años. Más o menos.  

1 comentario:

azucena rey dijo...

Debería usted aprender a posar en las foto, estoy convencida de que usted debe ser atractivo.