lunes, abril 06, 2015

BAEZA



Sobre los olivares
qué bien navega,
buscando su reflejo, 
la luna llena.

Es como un mar
el lomo plateado
del olivar.

Y en un escollo
Baeza alza sus mástiles
de piedra al fondo.

Cómo se ondulan
los campos de Baeza
bajo la luna.

La monotonía de la carretera me va dictando estas coplillas más o menos machadianas. Hemos salido de Baeza a media mañana. A nuestra espalda, al igual que cuando llegamos, nada: una desolada estribación urbana en torno a una explanada trapezoidal presidida por el hotel en el que hemos pasado la noche. Nadie diría que la hermosa ciudad está a menos de diez minutos a pie. Pero así es: nada más superada la pendiente, los acogedores soportales del Paseo de la Constitución, con su decimonónico quiosco de música y sus terrazas atestadas, desmienten esa primera impresión descaminada. No, no nos había engañado la publicidad del hotel. La ciudad está ahí, al alcance de la mano, y en cuanto ponemos el pie en ella nos asalta una especie de versión benévola e impaciente del síndrome de Stendhal: verlo todo, y pronto. 

Pero ha aprendido uno ya a desoír esos impulsos, que sólo conducen a la saturación y la indiferencia. Lo primero, almorzar. No va a ser fácil. La ciudad entera se ha echado a la calle. No hay ni una mesa libre en ninguna de las terrazas que tan prometedoras nos parecieron a primera vista. Y hemos de dar hasta dos vueltas a la plaza antes de acomodarnos en una cafetería estratégicamente situada, ante la que vemos desfilar la multitud endomingada: los hombres de chaqueta, las señoras con sus alhajas bien visibles, las muchachas con vestidos estremecedoramente cortos y tacones de vértigo, como dicta la moda... De no ser por este detalle, pienso, la escena podría corresponder perfectamente a 1950 ó 1960. Y no me parece mal, porque acaso el desaliño moderno, como otras presuntas desinhibiciones, responda a ese individualismo mal entendido que, por evitar concurrir con otras individualidades en el cumplimiento de un rito colectivo, degenera fácilmente en la mera impersonalidad del hombre-masa. Me alegro de haber traído una chaqueta y de habérmela puesto al salir del hotel. Aún así, no puedo evitar sentirme un intruso: ha venido uno a ver las piedras, que son, dicen, patrimonio de todos; pero para ello ha tenido uno que colarse de rondón en una fiesta ajena.

Por suerte la noche es más benévola. Paseando por la ciudad nos cruzamos con varios desfiles procesionales. No tiende aquí la gente, como en Sevilla o Cádiz, a compactarse en las aceras. Hay espacio para pasar y holgados huecos en los que pararse a ver cómodamente el desfile. Acuden a la mente todos los tópicos: la bondad del clima, la fragancia de las flores y del incienso, la belleza de las mujeres... No es uno ajeno a esta sensualidad, aunque descrea del relato religioso que le da fundamento. Pero tampoco hay religión que, en sus formas más civiles y atenuadas -quiero decir, las que no dan pábulo a los dislates de los fanáticos-, no obedezca a los dictados de una espiritualidad puramente humana, en la que encuentra su fundamento lo mejor que el hombre puede dar de sí, y muy especialmente el arte y la cultura. En ese entendimiento, un ateo puede considerar cosa suya una catedral, y no solamente por los méritos arquitectónicos que ésta pueda reunir, sino por el impulso al que obedece.

A la hora de cenar las terrazas siguen ocupadas. Encontramos una mesita libre en otra cafetería apartada, ya cerca del hotel y a medio camino entre la acogedora ciudad en fiesta y la desolada periferia. En el limbo, como quien dice, que quizá es el lugar que corresponde a quienes hacemos rancho aparte en según qué cuestiones.

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