martes, abril 07, 2015

CUENCA






De Cuenca a Baeza, cuatro horas de carretera: las mismas que de Baeza a Cádiz. Ninguna etapa de este viaje debía abarcar una distancia superior a la que pudiéramos cubrir en el hueco de una mañana. Dormir cada pocas noches en un lugar distinto, bajo la idea de que el recorrido hubiera podido alargarse indefinidamente, como en esas películas en las que el protagonista es siempre un vagabundo a quien espera una aventura en cada parada. La escenificación, quizá, de una huida, que es también la respuesta a un hartazgo: las rutinas domésticas, las obligaciones laborales, el cansancio de uno mismo... No descarto que algún día esta fantasía se haga realidad. De momento, el ensayo ha sido satisfactorio.

Cuenca, decía. De nuevo, la llegada por una fría avenida y la parada de rigor para orientarnos y encontrar nuestro alojamiento en el caso antiguo. Dificultad para aparcar, debido a las procesiones. El almuerzo tentativo, como corresponde a la inseguridad del turista. Y luego tres largos días por delante y mucho por ver. El inevitable Museo de Arte Abstracto, en el que nada parece haberse movido en los veintitantos años que han pasado desde que lo visité por primera vez. La ocasión de asistir a una espléndida interpretación de La Pasión según San Mateo, de Bach, para la que no teníamos entrada, pero para la que el destino nos tenía reservadas dos localidades en palco-platea. La sorpresa de ver una catedral gótica con vidrieras diseñadas por un pintor contemporáneo con sensibilidad para entender la sugerencias espirituales de la luz. El pulcro museo diocesano, con sus dos Grecos y su colección de pinturas de Martín Gómez el Viejo y Juan de Borgoña. El laberinto de callejas en cuesta, con sus súbitas revueltas y sus asomadas al cañón del Huécar y al impresionante paisaje circundante. Y la extraña procesión de las Turbas, en la madrugada del Viernes Santo, hoy día quizá convertida en una más de tantas ocasiones multitudinarias para emborracharse en la calle, pero en la que todavía impresiona la escenificación de lo que parece una especie de algarada popular en la que la gente aporrea tambores y hace sonar trompetas destempladas para simbolizar no sabemos si los prodigios naturales que la tradición dice que se desataron con la muerte de Cristo o la impiedad de las propias turbas que aplaudieron esa ejecución injusta... 

Nos quedamos con la duda, mientras abandonamos la ciudad discretamente a primera hora de la mañana del viernes, entre suciedades urbanas y adolescentes borrachos, y afrontamos el control masivo de alcoholemia que, muy oportunamente, la Guardia Civil ha instalado a la salida de la ciudad.

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