jueves, abril 30, 2015

DRONE

De pronto, a unos metros de la ventana en la que todas las mañanas me paro a ver el mar antes de empezar la jornada, un extraño artefacto volador. Parece una mesa puesta del revés a la que hubieran colocado hélices en los extremos de las cuatro patas. Su irrupción en el panorama se debe con toda seguridad a los trabajos de regeneración de la playa que se están llevando a cabo en las últimas semanas. Han extendido sobre ella un tinglado de tubos que deben de estar conectados, supongo, a las dragas que se ven operar mar adentro: las dragas extraen la arena del fondo del mar y los tubos la reparten por la playa. Y el dichoso aparato volador -el drone, digámoslo ya, a falta de palabra castellana para designar el invento- debe cumplir, imaginamos, alguna clase de función supervisora. No es la primera vez que nuestra desnaturalizada playa urbana necesita estos trabajos, por lo que la novedad reside exclusivamente en el uso de este aparatejo, que seguramente responde más a la novelería de quienes han contratado la obra, o al afán de ofertar servicios caros de quienes la ejecutan, que a una verdadera necesidad técnica. Pero ahí la tenemos, frente a la ventana, distrayéndonos de la contemplación del semblante del mar, que es lo que normalmente nos trae a este lugar a esta hora concreta del día. Hay quien bromea: ¿la habrá mandado el gobierno, para espiarnos? Pero me acuerdo de la inquietante escena de la película 1984 -no recuerdo si está en el libro- en la que un helicóptero surge de pronto ante la ventana de dos amantes clandestinos, sorprendiéndolos in acto. Muevo la cabeza como para disipar un mal pensamiento y me uno al coro de bromistas. El aparato, torpemente, como si efectivamente fuera el zángano del que ha tomado su nombre inglés, se posa en la cubierta de uno de los barcos areneros; que -éste sí- se ha situado en posición perpendicular a la costa y nos apunta con su severo morro de viejo mercante que ha conocido tiempos mejores.

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