martes, abril 14, 2015

EN LA LUNA

Me he hecho el propósito de correr al menos tres tardes por semana. Me noto algo oxidado y quiero recuperar un poco el tono... Propósitos de viejo, claro. Nunca he sido un gran deportista, pero tampoco le he tenido miedo nunca a una gran caminata o a una excursión que implique la subida de unas cuantas cuestas, por ejemplo. Y ahora me noto en baja forma: la factura, quizá, de muchos años de trabajo sedentario, y muy especialmente de las grandes maratones literarias que me he impuesto en los últimos seis o siete: la trilogía, primero, la traducción del periplo americano de Kipling, el último empujón a mi estudio sobre Poe... No es que me queje: he disfrutado con todos esos trabajos, y sólo retrospectivamente me duele un poco, quizá, la idea de que hayan podido suponer otras tantas renuncias. 

Así que pongo el pie en la calle, un tanto avergonzado de mi desacostumbrado atuendo deportivo; echo a andar a buen ritmo, como he leído que deben hacer los aspirantes a corredores en sus primeras salidas; me arranco a correr en algunos tramos. Los efectos son los mismos que cuando me dio por nadar, hace años: la primera jornada me deja maltrecho, pero desentumecido y como con el cuerpo abierto y expectante a nuevas perspectivas de desahogo físico. No quiero hacerme muchas ilusiones al respecto. Ya veremos. 

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Le describo a una compañera el fósil que encontré el viernes. Cuando le digo que los pastores del lugar no han identificado el trozo de maxilar como perteneciente a ninguna especie que ellos conozcan, me ha mirado con aprensión. Lo que no me decepciona del todo. Lo importante no es tanto lo que sea, como la sombra de irrealidad que ese resto de otras edades arroja sobre nuestro entorno inmediato, al presentárnoslo bajo una luz irreconocible. Y hasta da un poco de vértigo.

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El modo como Fritz Lang muestra a los espectadores el cohete en el que viajarán los protagonistas de Una mujer en la luna (Frau im Mond, 1929): largos y lentos planos en los que la cámara recorre minuciosamente las líneas de la nave, demorándose en el trayecto para causar impresión de grandiosidad. Anuncian los efectos visuales que puso de moda George Lukas desde las primeras entregas de La guerra de las galaxias, sólo que, en el caso de Lang, no había ordenadores por medio. De todos modos, la película causa cierta impresión de frialdad tecnológica, como si el director hubiera querido insertar en un contexto más inmediato -al fin y al cabo, la historia está ambientada en la época contemporánea- la visión de un mundo dominado por la técnica que presentó en Metrópolis. En algún lugar de la tierra -parece querer decirnos-, gentes tan siniestras como las que protagonizan esta ficción planean hacer de las máquinas un instrumento de dominación. Y tenía razón, como los hechos demostraron muy pocos años después. Ya sé que es una mera casualidad, pero uno de los detalles más inquietantes de la película es que el flequillo del siniestro Walter Turner, el presunto americano que se ha apoderado de los hasta entonces despreciados conocimientos astronáuticos del tronado profesor Mannfeldt, sea idéntico al que luego luciría Adolf Hitler; al que parecen prefigurar, por cierto, todos los locos megalómanos de los que se ocupó el cine alemán en los lustros precedentes al ascenso del dictador.

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Viendo películas mudas, uno no es tanto espectador como testigo situado en otra dimensión desde la que se puede comentar en voz alta lo que ocurre sin interferir en ello.  

1 comentario:

Tmartínez Martínez dijo...

Cuidado con las rodillas. No es broma.