jueves, abril 16, 2015

EXEQUIAS

Tal vez si uno se conociera mejor sabría con más exactitud que ven en él y en lo suyo los demás. No siempre es el espejo lo que falla: ni siquiera del mejor se puede esperar que aporte nitidez a una imagen borrosa.

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Exequias (literarias, se entiende) por un escritor cercano fallecido recientemente. No sabe uno muy bien qué pensar: emoción (genuina) y reivindicaciones grupales andan de la mano. Uno de los oficiantes declara sin rubor que el difunto, amigo suyo desde la adolescencia, presidió el jurado que le concedió cierto premio literario... Lo que podría entenderse, supongo, como un acto de esclarecimiento o un gesto de sinceridad. No sé. Quizá a estos efectos lo mejor sería no mezclar sentimientos y literatura. Llórese ahora al difunto y déjese que el tiempo fije su biografía y sus logros. Pero no siempre es posible hacer esas distinciones, claro.

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Literariamente hablando, andamos sobrados de muertos que celebrar. Como en el caso de Cervantes, parece que la única manera que tenemos de reconocer la deuda contraída con nuestros escritores consiste en organizarles un buen entierro. Casi avergüenza repetir lo que parece un tópico: la literatura es algo vivo; y lo que importa de un autor no es organizarle puntualmente las exequias, aunque sea cada cien años, sino recordar su obra y percibirla como algo que todavía nos concierne. Valga también por el pobre Giner de los Ríos, de cuya muerte andamos celebrando el centenario y de quien  no nos cansamos de proclamarnos herederos y seguidores. Alguien tendría que atreverse a preguntar en voz alta si de verdad creemos que la moderna escuela española, zarandeada por los políticos y siempre castigada por la precariedad de medios y la masificación, se parece en algo al modelo desahogado y elitista -dicho sea esto sin ánimo de vituperio- que inspiró la Institución Libre de Enseñanza. Es un poner. 

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Brumas de abril. La primavera anda por dentro, como quien dice.

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