lunes, abril 13, 2015

IRREALIDADES


Florecidos el tojo y el majoleto o espino albar. A los lados de la carretera se alternan los arbustos enguirnaldados de amarillo o blanco. Parecen ramos sostenidos por una multitud que espera a un emperador victorioso o al campeón de una vuelta ciclista, tanto da. Digo esto último porque también, al reclamo de las horas adicionales de luz y el buen tiempo, los ciclistas han salido a la carretera. Adelantamos a dos o tres que pedalean trabajosamente cuesta arriba. Los perdemos de vista. Pero el aplauso, el clamor unánime de las guirnaldas de flores, es para ellos.

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Las tardes largas son más acogedoras, quién lo niega. Hace apenas unas semanas, llegábamos a la sierra ya anochecido y no cabía hacer otra cosa que encender el fuego y procurar caldear rápidamente la casa antes de irnos a dormir. Ahora tenemos varias horas de luz por delante, y hasta da tiempo de echar una mano al amigo J. en los cuidados de la huerta. Me encomiendan sembrar en macetas unos dudosos plantones de tomateras, y así lo hago; y luego hago mi parte de trabajo comunal, consistente en mantener limpios unos arriates públicos situados junto a la casa de nuestro amigo. Arrancamos malas hierbas y sembramos geranios. Y al remover la tierra, desentierro lo que parece a todas luces un trozo de mandíbula fosilizada con tres molares. Muestro el hallazgo a la concurrencia y provoco no poco revuelo. Descartados que los dientes sean humanos -finalmente, concluimos que deben de ser de alguna especie de cánido-, aún así bromeamos con la ocurrencia de haber descubierto los restos de un remoto antecesor de los actuales habitantes del barrio. El eslabón perdido, como quien dice. Llevamos los vestigios del presunto "hombre de San Antón" al bar, donde la velada se alarga, entre bromas y veras, hasta la medianoche, sin que se haya hecho sentir el recurrente cansancio de los viernes. Y bien está que así sea.

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Quizá por ello, en una especie de regresión a nuestro pasado de cazadores-recolectores, la cena del día siguiente consiste mayormente en hierbas y tubérculos silvestres: borrajas, ajos porros, tagarninas. La dieta de primavera del homo Sancti Antonii cuando la caza escaseaba. También en aquellos tiempos remotos, imagina uno, el hombre distinguía entre periodos de abundancia y épocas de escasez. Y también entonces, como hoy, posiblemente capeaba estas últimas a fuerza de humor. 

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Impresión general de realidad trastocada. Normalmente, cuando esto ocurre, es que las cosas han virado a una tonalidad de pesadilla. Pero también ocurre lo contrario: también, a veces, la felicidad opera en una irrealidad en la que no se sabe cómo se ha entrado, pero de la que, en cualquier caso, es muy fácil despertar.

Imagen: pintura de José Antonio Martel sobrescrita por José Manuel Benítez Ariza, perteneciente a la serie Cuaderno de campo, que actualmente se expone en el restaurante Angélica, de Ubrique. 

Transcripción del texto: De aquel milagro blanco vienen ahora estas manzanas rojas, diminutas, como dones del campo al capricho de un niño que las junta en la mano. Florecieron también en un romance, y al borde del camino a Meséglises, en la novela de Marcel Proust. Ahora el espino pone su nota de color en la indecisa primavera. Llevo en la boca la áspera dulzura de sus frutos. 

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