jueves, abril 09, 2015

MADRID

Después de ver el Pasolini de Abel Ferrara en el Renoir de Martín de los Heros, nos sentamos a tomar unas cañas en una cervecería de esa misma calle. A C. le divierte pasearnos por los escenarios de sus rutinas madrileñas, sin saber acaso que ya rondábamos esos mismos lugares cuando teníamos su edad y, en vez del Renoir o el Golem, el cine que se alzaba en esa calle era el mítico Alphaville. También nosotros buscábamos, como ella, los bares baratos, y nos gustaba confraternizar con los camareros, los pianistas tronados y los poetas pedigüeños que te dejaban una fotocopia manoseada en la mesa y luego volvían por la propina... Madrid siempre me pone melancólico. Hemos hecho parada aquí por dos noches, de camino hacia Cuenca, y hacemos lo que se supone que un provinciano viene a hacer en Madrid. Ver alguna exposición, por ejemplo: la que el Reina Sofía ha dedicado a las colecciones Im Obersteg y Rudolf Staechelin, con piezas de Soutine, Redon, Pissarro, Picasso, Modigliani, Gauguin, etc. A pesar del renombre de los pintores reunidos, la muestra tiene un cierto carácter de ajuar doméstico: son cuadros que podrían vestir una casa, y por ese motivo quizá no nos hacen sentir esa especie de peso abrumador que emana de las piezas que ya han perdido toda relación con su razón de uso y sólo sobreviven como objetos de culto en los museos. A pesar de eso, la mañana artística nos agota. Y como todavía nos queda mucho viaje por delante, decidimos retirarnos pronto. Esa tarde, mientras M.A. se recupera de su recurrente catarro primaveral, C. me lleva a tomar un café en las terrazas que bordean el lago de la Casa de Campo. Nunca antes había estado allí: mis callejeos madrileños, como nis obsesiones, giran siempre en torno a los mismos hitos. Por eso me refresca la vista el bello panorama que puede disfrutarse desde ese punto estratégicamente situado frente al perfil urbano que deparan los rascacielos de Plaza de España, el Palacio Real y la Almudena, con atisbos, a un lado y otro, de los chapiteles y tejados de pizarra de los antiguos cuarteles del Conde-Duque o la cúpula de San Francisco el Grande. Permanecemos allí hasta el anochecer, bajo una luz que, en sus últimos resplandores antes de ocultarse a nuestras espaldas, se ha teñido de un anacrónico dorado otoñal, como para fijarse en la memoria bajo la tonalidad favorita de la melancolía. Y es que el paisaje, como sus espectadores, también parece que ha venido aquí a posar para la posteridad. 

1 comentario:

Anibal dijo...

Yo creo que Madrid le agradece mucho su mirada. En su voz resuenan míticos y bellos nombres que para otros como yo, son ya puntos en el callejero o paradas del bus o metro. Imagino que ese es su trabajo, escritor: Bien.