lunes, abril 27, 2015

MILAGROS

Quizá la revelación no sea otra cosa que una modalidad de la sorpresa, y de ahí que vaya frecuentemente asociada a la desorientación. Lo pienso durante los minutos, que se me hacen eternos, que tardo en reencontrar la senda, después de haberme desviado de ella por lo que me parecía un atajo seguro. He salido a correr, como suelo hacer en tardes alternas desde hace un par de semanas. El desvío me ha llevado, primero, a lo que era el corazón de esta finca que ahora es de propiedad pública, pero que antes fue una explotación ganadera. De la casa de los granjeros sólo queda el contorno, unos muretes de mampostería que delinean lo que antes fueron habitaciones y dependencias. Los rodeo rápidamente y me doy cuenta de que, más allá, no hay ya camino: el que he seguido terminaba en la casa. Al otro lado de unos setos se extiende un prado cubierto ahora de flores moradas. Lo atravieso siguiendo lo que me parece la línea de pasos que han dejado previamente otros paseantes. A un lado y otro salta algún que otro conejo o echa a volar una pareja de perdices. Tengo la sensación de que el suelo es blando y de que, de un momento a otro, me voy a ver en medio de un barrizal. De hecho, el prado de flores moradas se desdibuja por sus contornos en lo que parece una pradera de juncos que ocupa una depresión del terreno, seguramente correspondiente a una zona inundable. Pero prefiero no retroceder y, al cabo, alcanzo el extremo del llano, delimitado por una especie de cortafuegos. Siguiéndolo, pienso, encontraré la vereda principal, de la que me había desviado. Pero, conforme me adentro en lo que me parece terreno familiar, voy lamentando la pérdida de la sensación de extrañeza que me ha dominado en los últimos minutos. Vuelvo a lo conocido; es decir, a la ceguera.

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Hemos preguntado a nuestro amigo pastor por ciertas hierbas que las gallinas picotean con especial predilección. Y nos dice que son acerones, una especie de acedera local. Nos invita a probarlas, lo que hacemos con cierta aprensión al principio: las hojas tiernas tienen un sabor alimonado parecido al de las vinagretas, esa flor amarilla que crece en los baldíos y que, de niños, solíamos arrancar para llevarnos a la boca y extraerles el jugo de sus tallos. Esa noche añadimos un manojo al revuelto de tagarninas. Y hemos sobrevivido sin ni siquiera un amago de indigestión. Leo luego que en Gaucín, un pueblo cercano, mezclan los tallos blandos de esta planta con los del hinojo para hacer una especie de sofrito que luego añaden a los potajes. Tácticas para distraer el hambre, quizá; pero que nos llevan, en cualquier caso, a un mundo anterior al de las verduras envasadas del supermercado. Un mundo en el que un hombre aviaba su almuerzo con un poco de queso de sus cabras y una ensalada de lo que daba el campo. Y ya era mucho. 

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A la explosión del tojo y el majoleto ha sucedido la del pipirigallo. Ya han florecido las primeras varas, que anticipan sólo lo que será, en cuestión de días, un estallido general, que adornará fugazmente los muros y las cunetas. Anoto quizá con más prolijidad de la necesaria estos pequeños milagros, que parecen sólo el preludio de otro mayor cuya verdadera naturaleza no alcanzo a vislumbrar, pero de cuya inminencia no dudo.

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