martes, abril 21, 2015

PRIMAVERA REVUELTA

Primavera revuelta, como debe ser, y no esa simple transición sin matices que habíamos tenido en años donde incluso el clima se había vuelto dual y simple. ¿Quién niega que el macrocosmos no sea sino una proyección del microcosmos? Mar de un verde sucio, como agitado por mal disimuladas conmociones interiores, viento variable, temperaturas indecisas. También uno anda como desfibrado, con el ánimo laxo y la voluntad en suspenso. Si estuviera uno al mando de una plaza fuerte o un puesto fronterizo, los rendiría sin más al primer enemigo que se presentara, y todavía le daría las gracias. Transformación que es disolución, como en el centro hueco de un torbellino. Viene uno aquí a vaciarse, como la nube baja que descarga al topar con un macizo montañoso. Luego, esta ligereza que es, al cabo, nada.

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La floración del majoleto: una explosión detenida. Recorre uno el sendero y va dejando atrás como nubes de humo blanco en el momento de alcanzar su máxima expansión antes de disolverse en una acuidad que ya se anuncia en el tenue perfume dulzón que emana de ellas, y que invita a la ensoñación despierta, como una droga inocua que no trastocara tanto los sentidos como la entereza moral. Por algo los naturales del lugar creen en las propiedades narcóticas de sus hojas. A uno le basta olerlas para experimentar esa leve diferencia de intensidad que separa la vigilia plena del sueño consciente.

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La evidencia de que existe el mal absoluto contradice cualquier teoría tranquilizadora que pretenda atribuir tales o cuales distorsiones del comportamiento humano a circunstancias objetivas sobre las que cabe incidir. Eso no invalida el pensamiento constructivo, pero sí lo circunscribe. Queda la duda de qué hacer ante el mal irreductible. Oponerse a él con todas nuestras fuerzas, pero sin dejar que la violencia que implica ese esfuerzo nos asimile fatalmente a lo que intentamos combatir. Etcétera.

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