miércoles, abril 29, 2015

TEMPORALES

Remitió el temporal de poniente que ha venido azotando la provincia en los últimos días, y permitió que se celebrara con lucimiento la ceremonia de inauguración de la estatua que le han hecho al poeta Carlos Edmundo de Ory en su ciudad natal, que es la nuestra. Extraña mezcla la que se produce en estas ocasiones en que las fuerzas vivas de la ciudad -políticos, periodistas, representantes de organismos oficiales- se confunden con ese difuso arco de individualidades no siempre bien avenidas que constituye lo que podríamos llamar -y nos equivocamos, sin duda- su clase artística. Extraña también la lógica de la que se hace uso para justificar lo que, de cualquier modo, parece inevitable: que el antiguo rebelde y bohemio reciba el merecido homenaje de los herederos del establishment contra el que alzó su voz. ¿Cómo hubiera reaccionado el poeta, en vida, ante la noticia de que le iban a alzar una estatua? No se sabe, porque el poder negador de la rebeldía rara vez supera el afán contemporizador del ego satisfecho, y el poeta en cuestión, que nunca cejó en lo primero, tampoco fue del todo indiferente o desagradecido al reconocimiento y al prestigio que ya se le otorgaba en los últimos años de su vida. ¿Basta con bajar su efigie del pedestal, como ha querido el escultor, y echarlo a andar en dirección al mar? Bueno, es un gesto. Y nadie diga: "De este agua no beberé", porque a presuntos rebeldes acaso más vociferantes y pagados de sí mismos que el siempre escéptico y discreto poeta gaditano los hemos visto no hace mucho acudir dócilmente a recoger un premio de manos de un monarca coronado... Acaso las cosas no puedan ser de otra manera: toca al poder constituido homenajear a aquellos a quienes el tiempo ha querido otorgar la condición de representantes de una época y una sensibilidad. Es también un modo de restarles la virulencia que pueda quedarles: una vez, diríamos, dotados de estatua y del correspondiente rótulo de calle o plaza, se diría que forman parte del mismo sistema que, por méritos mucho más discutibles, homenajea a los grandes financieros y a los generales. De nada de esto, claro está, tiene la culpa el pobre Carlos, ni tampoco sus amigos y valedores, entre quienes me cuento. Es la lógica de los acontecimientos. Y de esta absurda manera que tiene la memoria de confundirlo todo, incluso lo más genuinamente inconfundible.

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Me han dado a probar uno de esos vinos de los que una sola botella cuesta lo que un honrado trabajador gana en un mes o dos. Me llega, ya se sabe, por la vía del estraperlo amistoso, que es lo que siempre ha permitido en este país que los pobres tengamos a veces gestos de rico, y obtengamos por vía de favor y por la puerta trasera de la bodega lo que al rico cuesta sus buenos dineros. Sea. El vino, para qué negarlo, es de una sutileza extraordinaria. Pertenece al palo de los olorosos, que es una variedad que uno ha frecuentado. Pero nada que ver con los que se compran en el supermercado, ni siquiera los más caros. Para empezar, su sabor es tan matizado y delicado que impone al paladar su propio ritmo de absorción: nadie se echaría la copa al coleto de un solo golpe, porque lo suyo es dejar que cada sorbo obre su efecto durante el tiempo que sea necesario. He tomado una sola y no he querido repetir. Pero siento también que he perdido algo con la experiencia: acaso un poco de mi capacidad de disfrute de otros vinos más humildes, como uno pierde la capacidad para el roce inocente tras la primera caricia que no lo es, para luego llorar la pérdida toda su vida.

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Cuentas saldadas: el cero es siempre un principio; y también, en cuanto que expresión de la nada, la mejor figura posible de la invisibilidad, que es a lo que aspira quien termina de pagar sus deudas.

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