miércoles, abril 15, 2015

TRAYECTORIAS

Los dos ilustres difuntos de los que la prensa se ha ocupado en las últimas horas tenían una cosa en común: llevaban mal la fama, o eran muy sensibles al diferencial existente entre los posibles merecimientos que creían poder aducir para merecerla y lo que el público veía en ellos. Uno, Günther Grass, incluso conoció un amago de linchamiento público cuando se conoció que había servido en las filas de las SS en las últimas semanas de la guerra; lo que no fue óbice para que los mismos medios que contribuyeron a propagar la noticia infamante -que no lo era tanto, si aceptamos las explicaciones bastante razonables que el autor dio al respecto- siguieran recurriendo a él en su papel de fustigador de conciencias. El otro, Eduardo Galeano, hubiera querido ser más admirado por su literatura creativa que por su papel de publicista político, pero eso no ha impedido que los medios unánimemente lo recuerden hoy como autor de un lejano tratado sobre la miseria en Hispanoamérica. Las necrológicas no han hecho más que repetir estas distorsiones. Los biempensantes están de enhorabuena. Y queda en el aire la duda de si todo esto tiene algo que ver con la posible existencia de algún sentimiento generalizado de aprecio hacia la literatura. Tengo más bien la impresión contraria: cada vez que los azares de la vida obligan a los medios a ocuparse de un escritor reconocido, lo hacen en detrimento del sentido y significado de la tarea de escribir, que tiene poco que ver con todo ese ruido.


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Se dice que el niño que hoy lee un tebeo mañana leerá un libro; y, por lo mismo, el lector precoz de literatura ligera acabará adquiriendo el temple necesario para afrontar otras lecturas de más calado. Pero más bien sucede lo contrario: la mayoría de las trayectorias lectoras que conozco son francamente horizontales, cuando no descendentes. Lo mismo pasa, por supuesto, con muchas trayectorias autorales. Lo que obedece más, entiendo, a un reflejo psíquico -la tendencia natural al mínimo esfuerzo, por ejemplo- que a alguna ley intrínseca a la propia literatura.


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La hipótesis intranquilizadora de que a las palmeras no las desmelenase el viento, sino alguna clase de voluntad propia... 

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