lunes, mayo 11, 2015

EL ANSIA


Los libros nuevos son a los de viejo lo que unos zapatos nuevos a unos usados: a la hora de andar por casa o pasear por donde no van a reparar en el lustre de tu calzado, mejor los segundos. Por eso, para reponerme de dos tardes en la feria del ramo y de la consiguiente resaca misántropa causada por mi inhibición ante la proximidad de autoridades y colegas, en la mañana del domingo me voy a dar una vuelta, a pesar del viento y el calor, por el mercadillo de libros de P.R. Falta la mitad de los puestos, y los pocos que se han atrevido a instalarse luchan denodadamente contra las rachas de levante y las consiguientes andanadas de frutos viscosos -una especie de ova blancuzca- que caen de los morales que flanquean la plaza. 

Aún así, no dejo de hacer mi ronda. En el primer puesto, cinco tomos encuadernados del suplemento literario de ABC, correspondientes a los años noventa. Me planteo comprármelos, pero me disuade la evidencia de que no tengo ya sitio donde ponerlos: esta manía mía empieza a parecerse al síndrome de Diógenes, y no sería raro que su desenlace fuera una denuncia de los vecinos por miedo al peso acumulado, o una plaga de lepismas... También me puede cierto reparo: la evidencia de que, quien se tomó tantos desvelos en conservar y encuadernar suplementos correspondientes a toda una década, difícilmente se habrá deshecho de ellos en un impulso impremeditado; más probable es que haya muerto y que hayan sido sus hijos quienes han malbaratado tan onerosa carga. Me lo recuerda M.A., que también tiene uno de sus días misántropos: todo lo que venden aquí son cosas de muertos. Me lo confirma otro libro que me he parado a ojear en un puesto colindante: un ejemplar de Espía del mundo, una compilación de artículos de Giovanni Papini publicada por la gaditana editorial Escelicer (Libros Cerón) en 1957. El libro, aunque amarillecido, está en buen estado, y su única tara es que su propietario se dedicó a marcar con lápiz en el índice sus artículos preferidos y a subrayar algunas de las expresiones más peraltadas del excéntrico italiano: por ejemplo, su afirmación, en un artículo de asunto astronómico, de que somos "briznas enfriadas separadas del sol". Se ve que al lector le entusiasmaban esta clase de formulaciones y que derivó no poco placer de la lectura de este libro olvidado... Otro muerto, sí. 

Después de haber soltado el libro en su caja, para no dar a entender la más mínima ansiedad por su posesión, pregunto el precio de todos los que componen el lote. Un euro cada uno, me dice el tendero. Le doy la moneda y me llevo el libro, lo que automáticamente me delata como posible comprador ante la decena larga de tenderos que me aguardan a continuación. Pero ya he aplacado el ansia y puedo volver a casa tranquilo, no sin antes parar en algún bar a comprar un túper de caracoles, para el aperitivo.  

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