lunes, mayo 25, 2015

EN LUGAR DE

Más allá de las cabezas de los concurrentes, dominándolo todo, el circo de montañas. Ocurre cada vez que celebramos algo en este entorno. La opción natural es hacerlo al aire libre, si el tiempo lo permite. Y al aire libre trasladamos esa modesta ilusión de civilidad ociosa en que consiste toda fiesta: bebida abundante, mesas bien abastecidas, semblantes razonablemente embellecidos por la cosmética y el afán de agradar. También el campo circundante se engalana de flores y vibra en esa especie de nota sostenida en que se manifiesta el silencio entretejido de trinos y zumbidos de insectos. La primavera, sin duda, tiene su parte en todo esto, aunque el pretexto sea familiar o religioso. Una niña vestida de blanco, momentánea reina del instante, anda un tanto confundida entre la multitud de adultos congregados por su causa. La música es también de adultos: viejos éxitos de hace treinta años. Y las conversaciones: en poco más de dos horas he hablado de genealogía, de fabricación artesanal de cerveza, de premios literarios, de equipos de sonido anteriores al triunfo de las tecnologías digitales, de fomento de la lectura para niños, de vestidos que favorecen a sus portadoras, de cocina, de la conveniencia de combinar o no ciertas bebidas, del tiempo que hace. He saludado también a un candidato a alcalde -eran vísperas de elecciones-. Sensación de que todo esto se hace en nombre de algo o por propiciar algo, y que las impávidas montañas, el cielo jaspeado de briznas de nubes o lo silenciosos rebaños que pacen a lo lejos tienen también algo que decir. 

Cierro los ojos y me pongo en el lugar de un pájaro curioso que ha surgido de entre unos arbustos cercanos y tomado altura para ver mejor.

***

Con la llegada del sonido -se lamenta Vintila Horia en un artículo de los años sesenta-, el cine se transformó en una especie de teatro mecánico. Lo dice, curiosamente, en una semblanza de Gabriel Miró, un escritor que hizo lo mejor de su obra, añade el articulista,  en los tiempos del cine mudo. Y, efectivamente, hay en la prosa del autor de Años y leguas algo de esa minuciosa indagación el el tejido de lo visible que advertimos en los mejores realizadores del periodo mudo... Nada más que por esta observación, me digo, daré algún crédito al olvidado escritor rumano, a quien ya nadie cita si no es para endilgarle el adjetivo de "fascista", que al parecer se ganó por haber encontrado acomodo en la España de Franco, después de haber obtenido algún premio Goncourt en Francia y llevar a sus espaldas parte de la tortuosa historia de la Europa del siglo XX.

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