lunes, mayo 18, 2015

HECATOMBES

Es como sentarse en medio de la calle en una ciudad donde a uno no le faltan conocidos: tarde o temprano, éstos van apareciendo y se paran a cruzar contigo unas palabras. Lo de menos es el motivo que te ha llevado a estar sentado aquí, en medio de este flujo de gente. Hay delante de ti una mesa llena de libros con tu nombre impreso en la portada, y hay un evidente interés por tu parte en que algunos de esos libros cambien de manos y supongan un pequeño beneficio, ya que no para uno, sí para el amable librero que se ha molestado en reunirlos. Al fin y al cabo, se trata de la feria del ramo. Pero no todos los que se detienen a hablar contigo reparan en esa eventualidad. Hay quien pregunta, mirándolos de soslayo: "¿Todos los has escrito tú?". Y se siente uno un tanto avergonzado por transmitir la impresión de una vida tristísima, sin otro aliciente que pergeñar páginas y páginas. Algunos, como  para cerciorarse de la inutilidad de la tarea, te preguntan por tu verdadera profesión, y cuando uno les dice que sí, que tiene un trabajo serio que le ocupa las mañanas y que escribe sólo en sus horas libres, parecen aliviados: por lo menos, esta manía -se dicen- no le va a llevar a la miseria, como a otros... Aún así, la impresión de tristeza persiste. ¿Acaso este hombre no sale, no va al cine por las tardes, no queda con sus amigos, no ve la televisión? Casi me conmueve que se preocupen tanto por mí. Y, por supuesto, no les reprocho que, después del rato de charla, no caigan en comprar un libro. Hacen bien: sería como darle monedas al borracho del barrio, en la seguridad de que no servirán para otra cosa que para prolongar el vicio que tanto mal le hace. 

***

Mi propósito de correr por las tardes ha quedado, de momento, en un simple paseo a buen ritmo, después de la quincena que ha tardado en sanar la rodilla resentida tras los primeros intentos. Miro melancólicamente a los fornidos chicos y chicas que me adelantan a plena carrera: si yo hubiera hecho lo propio a su edad, me digo, otro gallo me cantaría. Pesan sobre mí especialmente los cuatro o cinco últimos años de vida sedentaria, dedicados a menesteres literarios y académicos. Son esos libros onerosos -la trilogía, el estudio sobre Poe- los que pesan ahora como un lastre sobre mi renacido deseo de ponerme en forma. Aun así, no me he rendido del todo. Aprieto el paso hasta notar esa especie de ebriedad del esfuerzo sostenido. Es una sensación incluso un tanto adictiva: a los pocos días, empieza uno a percibirla como insustituible. Y he encontrado el lugar idóneo para hacerlo: una extensa pradera cruzada de perdices y conejos, y en cuyo centro se alzan las ruinas de un antiguo cortijo entre cuyos muros me siento a descansar, lejos de la mirada irónica de los atletas que recorren el camino paralelo, mucho más frecuentado. 

***

No sé por qué, la ingesta de caracoles me hace pensar siempre en Homero y en sus hecatombes de bueyes.

No hay comentarios: