viernes, mayo 22, 2015

NOVEDADES

El libro de la ya desaparecida Escelicer que he estado leyendo estos días me ha hecho pensar en la céntrica librería gaditana en la que esa editorial tuvo su sede. Fue larga su agonía, y parte de ella consistió en el progresivo afloramiento, en su escaparate, de cuanto guardaba en la trastienda: su fondo editorial, sobre todo, y muy especialmente, su afamada colección de textos teatrales; pero también toda clase de artículos de papelería y objetos de escritorio, desde paquetes de tarjetas de regalo con sus correspondientes sobres -una partida de los mismos me sirvió para iniciar mi correspondencia literaria, cuando todavía se estilaban esas cosas-, hasta historiados cuadernos de contabilidad o arcaicas estilográficas que algunos avispados ya entonces consideraban piezas de coleccionista. Solía pararme periódicamente en ese escaparate a mirar las novedades -por llamarlas de alguna manera-. Y no debía de ser yo el único, porque el lugar se convirtió también en el paradero habitual de un hombre avejentado y de buenos modales que, con la excusa de sondear los gustos literarios o de otro tipo de los curiosos que allí se detenían, entablaba conversación con ellos y terminaba contándoles que era marino de paso en la ciudad y que se alojaba en determinada pensión, a la que invariablemente invitaba a sus interlocutores... Acabó espantando a los últimos clientes potenciales de la ya decadente librería, y no descarto que su intervención pueda contarse entre los factores que precipitaron su cierre, ya mediados los ochenta. Luego pusieron allí una tienda de modas. Etcétera.

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En una crítica de Easy Virtue, una película muda de Hitchcock de 1928, leo que ésta no es relevante para el espectador de hoy porque el asunto del que trata -el descrédito social de una mujer injustamente condenada por adulterio- no supone ningún problema en estos tiempos nuestros. Bueno. Aparte del optimismo un tanto infundado que percibe uno siempre en esta clase de afirmaciones, se plantea la cuestión de que, por esa regla de tres, la mayor parte de los argumentos de Shakespeare tampoco nos conciernen, porque tratan de asuntos tales como la imposibilidad de vivir con la persona amada sin la aprobación paterna o la legitimidad sucesoria de los monarcas; cuestiones que, como se sabe, parecen ya más que resueltas por las modernas legislaciones y la práctica social derivada de ellas... 

Es siempre difícil, en cualquier caso, defender la validez de un arte que, como el cine mudo, se desarrolló bajo determinadas condiciones técnicas y desapareció cuando éstas cedieron su lugar a otras nuevas que, además, contaron con el inmediato favor de un público siempre ávido de novedades. Da que pensar que el espléndido arte que desarrollaron Griffith, Murnau, Eisenstein y otros desapareciera en menos de un lustro. Lo mismo podría decirse de otras muchas cuyo ciclo parece estar definitivamente cerrado, pero cuyos logros siguen vivos: la ópera, el teatro en verso, la literatura escrita en modalidades arcaicas del idioma, etcétera. Lo único que puede acercarnos a ellas es la curiosidad; que es también lo único que podemos oponer a la incomprensión presente. Pero sin esperanzas de convencer a muchos, claro.

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La política: el arte por el que unos pocos intentan convencer a los demás de que deben dejarse gobernar por los primeros y permitirles a éstos los privilegios aparejados al cargo. Y es una pretensión tan absurda que uno termina preguntándose si lo mejor no es oírles como quien oye llover, como a los locos. 

2 comentarios:

Víctor L. Briones Antón dijo...

Muy atinada y clarificadora la reflexión sobre la evolución de los gustos y usos artísticos. Estoy muy de acuerdo.

Lo demás, aparte de mi opinión personal coincidente o no, muy bien expresado, con esa cadencia poética suya.

Saludos, le leo (dudo si tutear) asiduamente. Hoy me animé a comentar.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracias por leerme y opinar,Víctor. Por supuesto, bienvenido el tuteo. gracia también por tu apoyo en Twitter. Espero seguir viéndote por aquí.