lunes, junio 15, 2015

A GRANEL

Ha debido de entrar por la chimenea y luego no supo salir. A juzgar por las deposiciones que hemos encontrado por toda la casa, debió de revolotear de un lado a otro hasta caer agotado. Y ahí lo hemos encontrado, junto a la puerta del balcón: todavía blando y se diría que no del todo frío, como si hubiera muerto ahora mismo. Me avergüenza saber tan poco de pájaros, pero ni siquiera estoy seguro de si se trata de un gorrión. Lo envuelvo en un trozo de papel y lo deposito en el contenedor. A la mañana siguiente limpiamos la casa, que ahora ha adquirido para nosotros un cierto carácter de trampa laberíntica. También la gata parece inquieta: esa posible presa le ha ganado la partida por la mano.


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En estas reuniones nuestras alrededor de una buena comida, hemos pasado del vino tinto más o menos escogido al vino fino a granel. Tiene todas las garantías: viene directamente de una bodega jerezana o de un despacho de vinos sanluqueños, según, y en ambos casos da buen resultado: se ajusta bien a nuestros sencillos manjares y no deja resaca. Eso sí: viendo la garrafa de plástico de cinco litros o la frasca sin etiqueta de donde lo servimos, da la impresión de que nuestra mesa se ha hecho más menesterosa, y quizá el hecho tenga algo que ver con los hábitos algo más morigerados que hemos ido adquiriendo en estos tiempos. Pero no: lo que nos está sucediendo, más bien, es que se nos ha caído una cáscara, o quizá simplemente un disfraz, y han aflorado en nosotros los hábitos de la generación de nuestros padres, que no entendían de añadas ni cosechas, sino que, para disfrutar del calor de un poco de vino por las tardes, nos mandaban con una botella vacía a la taberna de la esquina a comprar un litro de chiclana, blanco o dulce, o mezclado -estos últimos, por deferencia hacia los niños, a los que se les daba una copita en pago del mandado-.


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Aquí el cambio político lo han celebrado con una paella. Y el precio de la independencia ha sido no comer arroz. 

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