miércoles, junio 03, 2015

DÉJÁ VU

Sensación de déjà vu mientras veo esta olvidada película de César Ardavín, Cerca de las estrellas, fechada en 1962. Se debe, me imagino, a la inmediata relación que establezco entre este cuadro de costumbres sobre cómo transcurre el domingo de una familia obrera en la Barcelona de entonces y las fotos de familia en las que veo a mis padres recién casados -y también, casi siempre, endomingados, como corresponde a las ocasiones de posar para esas fotos- ese mismo año. Uno vendría al mundo unos meses después, y pasaría parte de su infancia en unas habitaciones de azotea como las que sirven de escenario a esta película. Impresión de pobreza limpia, de dignidad mantenida en la precariedad. Para infundir un poco de dramatismo al cuadro, los guionistas atribuyen a uno de los personajes un improbable trauma de guerra, que cabe situar en los incidentes que tuvieron lugar en torno a la entonces posesión española de Sidi Ifni en 1957-58. Pero lo cierto es que, más allá de este algo forzado conflicto existencial, y de alguna que otra borrachera destemplada, en la película no logra imponerse el tono de drama social que imperaba en su reconocible modelo, Rocco y sus hermanos, la película de Visconti estrenada apenas dos años antes. Predomina, más bien, esa especie de impostada placidez que acabo imponiéndose en buena parte de la clase obrera española en años de crecimiento económico, empleo abundante y prudente optimismo. Pero, más allá de cualquier interpretación política o social, lo que sorprende de la película es la justeza de sus observaciones sobre la vida cotidiana de sus personajes. Y llama muy especialmente la atención la fragilidad de los femeninos, desde la frustrada esposa joven que espera su primer hijo y sufre las desatenciones del marido, a las muchachas que tantean el difícil terreno del consentimiento a los requerimientos de sus novios, a sabiendas de que hacerlo puede costarles el desprecio de éstos y el consiguiente abandono en situación desairada... En un baile entre adolescentes, uno de los chicos participantes se enfada con otro porque está rozándose demasiado con su hermana. "A estas cosas no se trae a las hermanas",  le espeta el aludido. Recuerdo perfectamente ese ambiente moral, tan opresivo o más que el político, y su consiguiente traducción en un lenguaje de desconfianza y advertencia permanentes, vigente sobre todo entre las mujeres y determinante, en muchos casos, de los resabios de resentimiento y amargura que se apreciaban en el discurso de algunas. Triste panorama, que el país tardaría todavía algunos lustros en superar, aunque nunca del todo. 


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