lunes, junio 29, 2015

LAGO


Hay que reconocer que, para ser artificial, está bastante logrado. Ya desde la salida de la estación de metro que lleva su nombre -"Lago"-, se percibe en el aire esa nota húmeda que delata la proximidad de una concentración de agua, y que sin embargo no se deja ver hasta que rodeamos un altozano arbolado y desembocamos en el declive en el que se extienden las casetas y mesas del restaurante y las cafeterías instaladas en el extremo suroeste de la laguna, con vistas a un perfil de Madrid que abarca desde las cúpulas de pizarra de los cuarteles de Conde-Duque, a nuestra izquierda, al empaque entre oriental y ferroviario de las cubiertas de la Almudena, en el otro extremo. 

Nos han traído aquí los primeros embates que lo que los noticiarios han anunciado como una "ola de calor", que nos ha disuadido de desplazarnos hasta el centro de la ciudad. Y hemos acertado: el enclave es fresco y está razonablemente animado. Tomamos un par de cervezas y picamos algo, y entre una cosa y otra se nos echa encima el anochecer, que desde aquí también tiene algo de artificial, como si el panorama iluminado que tenemos delante no fuera una ciudad real, sino una panoplia de cristal pintado. 

Cuando nos retiramos por donde hemos venido, nos sorprende el cambio en la afluencia humana en torno a la estación de metro: unas horas antes la llenaba una inesperada multitud en atavío playero, procedente de las piscinas y diversiones acuáticas de la Casa de Campo; ahora, al filo de las once, el desaliño ha cedido su lugar a las elegancias chillonas de la noche del sábado, en un interminable desfile de adolescentes más o menos maqueados y portadores, todos ellos, de bolsas de plástico en las que se hace sentir el peso y volumen de las botellas llenas. Acuden, me informan, a los alrededores de una macrodiscoteca cercana. En un banco de la estación, una adolescente vestida con un vertiginoso minivestido negro se ha parado a retocarse el rímel, y para ello usa como espejo el cristal de la pantalla de su teléfono móvil. Y allí la dejamos cuando llega nuestro tren.

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Aquí las cotorras de importación disputan su predominio a las urracas. Pero, como sucede en otros órdenes en este honrado barrio de Batán, la convivencia es pacífica y la variedad se traduce sólo en una nota añadida de color. Y nosotros, que también somos extraños aquí, lo agradecemos. 

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Como uno es perezoso para conducir, el hecho de haber hecho varias veces este viaje en coche en los últimos meses se me antoja una hazaña. Son apenas seis horas, más los correspondientes descansos, que son los que añaden la nota novelera. En una de esas paradas, la embocadura del área de servicio resulta ser también el carril de entrada a la central nuclear de Almaraz, que deja ver su arquitectura de futurismo de tebeo -un poco al estilo de los de Tintín- al fondo de un declive. Irónicamente, bajo la marquesina de la gasolinera un animoso hortelano ha instalado un vistoso puesto de frutas y verduras, no sabe uno si criadas allí mismo, al pie de los reactores nucleares. 

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